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MEDITACIONES CUARESMALES: IV. LUCHA CONTRA LAS TENTACIONES
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MEDITACIONES CUARESMALES: IV. LUCHA CONTRA LAS TENTACIONES

MEDITACIONES CUARESMALES:

IV. LUCHA CONTRA LAS TENTACIONES

Las tentaciones son invitaciones a hacer el mal o a no hacer el bien, a consentir un pensamiento de odio, a proferir u insulto de desprecio al diferente, a pasar de largo ante una persona realmente necesitada. Las tentaciones son parte de nuestra vida, y nos acompañarán siempre – a todos. Tomás de Kempis escribe: La vida del hombre sobre en la tierra es una tentación. Somos tentados continuamente por tres tentadores. Fuera de nosotros: el mundo (con falsos valores) y el demonio. Dentro de nosotros la carne (las pasiones). El tentador número uno es el demonio.

    Abrahán, Moisés, Jacob, David, los profetas… todos fueron tentados - como nosotros. Jesús también fue tentado: tres veces en el desierto (sobe el pan, el poder y ls riquezas -cf. Lc 4:1,13).). Satanás tentó a Jesús por medio de Pedro el apóstol, que le pidió que abandonara el camino del Calvario (cf. Mc 8,31-33). Cuando el Señor estaba clavado en la cuz, los que pasaban delante de él le insultaban y pedían que se salvase a sí mismo y bajara de la cruz (cf. Mc 15,29-32).

Las tentaciones son invitaciones a pecar, pero también oportunidades para hacer el bien. Las tentaciones nos ayudan a ser fuertes moral y espiritualmente. Además, nos ayudan a estar alerta porque sabemos que somos débiles y podemos caer en nuestras tentaciones. Las tentaciones nos invitan a ser humildes delante de Dios y a pedirle ayuda.

Las tentaciones consentidas son contrarias a la verdadera libertad y al amor –a la felicidad. En nuestra vida abundan las dificultes. En cierto sentido, las necesitamos: son como la madera de nuestra cruz, medios hacia la pureza del corazón, y pasos hacia el cielo que continúan nuestra conversión progresiva. San Agustín nos dice: Progresamos por medio de las dificultades, y nadie se conoce a si mismo excepto a través de tentaciones, o recibe una corona excepto después de la victoria, o se esfuerza excepto contra un enemigo o tentación.

Luchamos contra las tentaciones no dialogando con ellas, huyendo lo más rápidamente posible, refugiándonos en la oración.

El padre del desierto Abbas Serenus nos dice: “Debemos mantenernos inquebrantablemente en dos cosas: la primera es que ninguno es tentado sin el permiso de Dios; la segunda es que todo lo permitido por Dios, parezca triste o alegre entonces, está ordenado por el Padre más tierno y el médico más misericordioso para nuestro beneficio” (Juan Casiano, Las Conferencias, siete, XVIII).

Jesús, el Hijo de Dios, camina con nosotros. Nadie puede defenderse por sí mismo de las tentaciones que nos acechan… Solamente en compañía de Jesús podemos caminar en el mundo y cuidar de nuestros vestidos sin mancha del mundo. Sin él, estamos indefensos; con ‘él, estamos seguros (W. Barclay). En la compañía de Jesús, con y el amor de Dios Padre y la gracia del Espíritu Santo, luchamos contra nuestras tentaciones. Los santos sacramentos, la penitencia y las penitencias, la limosna y el perdón son ayudas que también nos fortalecen. Y siempre, vigilancia y oración: velad y orad para que no caigáis en tentación (Mt 26,41).

Es importante acentuar que el buen Dios no permitirá al demonio que nos tiente más allá de nuestras fuerzas: “Dios es fiel y no permitirá que seáis sometidos a pruebas superiores a vuestras fuerzas; ante la prueba os dará fuerza para superarla” (1 Cor 10,13). Con la ayuda disponible de Jesús, rechazamos el pecado, que es mala noticia, una mentira. Las tentaciones, como la manzana de Eva y Adán, parecen atractivas, pero causan inevitablemente -después de un placer desordenado- tristeza, remordimiento, oscuridad. Más aún, las tentaciones consentidas aumentan nuestra debilidad y “conducen al pecado y a la muerte” (CCC, 2847). No olvidemos que “Es mayor la ayuda del Espíritu Santo … que el ataque del diablo envidioso” (STh, III, 41, 2 ad 2).  

La oración es una de las mejores armas para vencer la tentación: “La vieja serpiente te tentará y te dará guerra, pero huirá por la oración. Además, la puerta principal le será cerrada por ejercicios útiles” (Tomás de Kempis, Imitación de Cristo). Karl Rahner nos anima con estas palabras: Estate cerca de Dios, ojo con el encantado círculo del mal que envenena. Y añade que el significado más profundo de tentación es este: una invitación a orar; quien reza durante a tentación la conquistará.

La oración humilde y confiada nos lleva al ayuno, y el ayuno a la limosna y al perdón -a la misericordia. Las tres penitencias tradicionales juntas son armas que nos ayudan a vencer nuestras tentaciones. 

La sexta petición del Padrenuestro: No nos dejes caer en la tentación. La versión inglesa: No nos lleves a la tentación (lead us not into temptation) es literalmente incorrecta y necesita explicación. Dios no nos guía hacia la tentación: Él nos ayuda a no caer, a vencer la tentación. En 2017, el Papa Francisco aprobó un cambio en la versión inglesa (traducción literal de la versión latina): que sea como la versión en español y otras lenguas. El papa argentino explicaba que lo incorrecto de “No nos lleves [Dios Padre] a la tentación”: Un padre no hace eso; un padre te ayuda a levantarte inmediatamente. Es Satanás quien nos lleva a la tentación - este es su departamento. Ciertamente, Dios no nos conduce a la tentación: “Dios ni puede ser tentado al mal ni tienta a nadie” (St 1,13).

En este contexto, otro punto importante: se nos pide constantemente que resistamos a nuestras tentaciones y que removamos las ocasiones graves de pecado, ya que quien ama el peligro perecerá en él (Si 3,26). “Es algo perdido si no removemos totalmente todas las ocasiones de pecado” (Santa Teresa e Ávila).

Si usamos las armas apropiadas contra las tentaciones, venceremos: Dios Padre, por el Hijo, en el Espíritu Santo nos ayuda siempre: “No te preocupes, porque Él [Dios] nunca te abandonará cuando seas tentado” (San Juan de Ávila).

Las tentaciones que conquistamos rechazándolas, huyendo nos ayudan a crecer moral y espiritualmente.  Creceremos en humildad, en amor, en santidad – en felicidad. Si las conquistamos, experimentaremos la consolación de Dios: Al vencedor le daré a comer del árbol de la vida, que está en el paraíso de Dios” (Ap 2,7).

“El Señor salva en tiempo de desgracia” (Si 2,11). Si desafortunadamente caemos en la tentación, vamos a nuestro Padre, omnipotentemente misericordioso, y le pedimos humildemente su ayuda y le pedimos perdón y nos acercamos al Sacramento de la Penitencia apropiadamente. Esperanzadamente, estas tentaciones consentidas nos han enseñado a ser más cuidadosos ante tentaciones futuras – ¡que vendrán!

Y PARACONCLUIR, un último consejo de Tomás de Kempis: “Sé fuerte. Vayamos juntos adelante, Jesús estará con nosotros. Por amor a Jesús, hemos cargado con esta cruz; por amor a Jesús, perseveremos en ello. ‘Él será nuestro ayudante, que es nuestro capitán y nuestro predecesor.” (FGB).

 

Holy Rosary Province Espiritualidad 10 Marzo 2026
MEDITACIONES CUARSMALES, III, PECADO
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MEDITACIONES CUARSMALES, III, PECADO

MEDITACIONES CUARESMALAS:

III. RENUNCIAR AL PECADO

EL CAMINO DE LA CUARESMA es una peregrinación de conversión hacia la Pascua por el sendero de la penitencia y la reconciliación. Radicalmente, la conversión significa renunciar al pecado y volver a Dios.

     Vivimos en un mundo secular, individualista y consumista en el que, generalmente, el pecado no cuenta. Hay una perdida clara del sentido de pecado y, más radicalmente, una pérdida de Dios. Sin embargo, el pecado sigue estando presente hoy y aparentemente multiplicándose.

Desde el inicio de la historia humana, el pecado es una oscura realidad. La desobediencia de nuestros primeros padres (cf. Gen 3,12): el pecado original que corrompió nuestra naturaleza humana (cf. Santo Tomás, (STh, I-II, 109, 2). Después nos encontramos con el asesinato de Caín a su hermano Abel (Gen 4,1-18). Y seguidamente, muchos pecados que narra la Sagrada Escritura. Y la raza de Caín continúa – hoy.

Hay pecado en el mundo. Y hay pecado en nuestros corazones. Jesús de Nazaret lo dijo muy bien cuando fariseos y escribas querían apedrear a una mujer adúltera: “El que de vosotros no tenga pecado, que tire la primera piedra” (Jn 8,7). Ninguno lo hizo. Todos sufrimos la enfermedad del pecado. Todos necesitamos un médico, un salvador: Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre.

La Sagrada Escritura habla frecuentemente del pecado para llamar al arrepentimiento. La dignidad del hombre y la indignidad del pecado: el pecado degrada al hombre y le impide alcanzar su plenitud humana. Pecando, el hombre abusa de su libertad, interrumpe su relación con Dios y pierde, además, la armonía consigo mismo, con otros, y con todas las cosas creadas (cf. GS, 13; CCC, 1846-1869). El pecado corroe el alma. Jesús vino al mundo para llamar a los pecadores al arrepentimiento – a amar.

PECADO Y PECADOS

Convertirse implica también renunciar al pecado (cf. Mk 1,15).

¿Qué es el pecado? El pecado es un mal moral, un acto malo, apego indebido a cosas terrenales: un fracaso en nuestra autorrealización. Implica conversión a las criaturas y aversión hacia Dios. El Vaticano Segundo nos dice que “no es posible despreciar al hombre sin despreciar al mismo tiempo a Dios” (GS 27, 29, 80). El pecado va contra la naturaleza humana, mientas la virtud está acorde con nuestra naturaleza El pecado es inhumano (cf. STh, I-II, 71, 1). También disminuye nuestra inclinación a la virtud, el hábito bueno que nos hace felices.  

     El pecado es oscuridad, noche. Comentando sobre la traición de Judas en una noche, San Agustín escribe: El mismo Judas era noche, porque el pecador lleva la noche dentro de sí mismo. Además, el pecado nos convierte en esclavos. (Rom 7,14). Jesús dice: “Os aseguro que quien comete pecado es un esclavo” (Jn 8,34). El pecado es un mal uso de la libertad. San Agustín nos dice en las Confesiones que cuando él estaba en pecado -en su descarrilada juventud- que entonces tenía la libertad de “un esclavo fugitivo”. Verdaderamente, todo pecado es una traición del amor. Escribe Bernanos en su maravillosa novela Diario de un cura rural: “El infierno es no amar más”.

El pecado es un mal, y el mal nunca puede convertirse en bien. Puede convertirse en ocasión para el bien (cf. CCC 312). Punto a recordar: “Desde el pecado de Adán y Eva, el pecado se presenta como una promesa, pero no es más que una ilusión y una mentira” (A. Peteiro).  

Se dan diferentes clases de pecados: contra Dios, contra nosotros mismos, contra el prójimo, y contra la creación; pecados de pensamiento, palabra y obra y omisión; pecados de comisión (hacer algo pecaminoso), y de omisión (no hacer el bien). Además, se dan pecados que claman al cieno (cf. GS 27; CCC 1867).

Los pecados tienen distinta gravedad. Jesús dice a Pilato: “El que me ha entregado a ti es más culpable que tú” (Jn 19,11). La tradición cristiana habla de pecado mortal o grave, y pecado venial o leve. Solo el pecado mortal significa la muerte espiritual: la pérdida de la divina gracia y de la virtud de la caridad con las otras virtudes infusas y los dones del Espíritu Santo. (Pecado mortal: materia grave, conocimiento y consentimiento plenos. Se dan algunas circunstancias que pueden convertir un pecado objetivamente mortal en venial). Los pecados venales conservan la gracia y el amor divinos, pero enfrían y debilitan la caridad, el fuego de seguir a Jesús y amarle intensamente. Pueden acercarnos a comer pecado mortal. (cf. San Juan Pablo II, RP, 17).

La definición del pecado se aplica formalmente al pecado mortal, esto es, al pecado que corta nuestra agraciada y amorosa relación con Dios, con nuestro prójimo y con la creación.

Una conocida clasificación de los pecados: los siete pecados capitales (cabezas de otros pecados), pecados ordinarios -generalmente veniales- que frecuentemente se convierten en pecados habituales en muchas personas. Todo lo que hay en el mundo es las pasiones carnales, el ansia de las cosas y la arrogancia (1 Jn 2,16). Pasiones carnales: gula y lujuria. Ansia de las cosas: avaricia. Arrogancia: vanagloria, pereza, envidia e ira. La soberbia es el rey de los pecados capitales.

Los siete pecados capitales mueven con facilidad el apetito a perseguir el “bien aparente” (mal moral): vanagloria, lujuria, gula, avaricia; o lo mueven a escapar de hacer el bien verdadero debido a la dificultad (la cruz, el sufrimiento) que conlleva realizar ese bien: pereza, envidia, ira.   

Algunos Padres del Desierto y Padres de la Iglesia añaden un octavo pecado capital: la tristeza. A tener en cuenta: la tristeza denota, quizás, falta de fe en la misericordia infinita del buen Dios y desesperanza en la gloria eterna.

Nuestros pecados tienen una dimensión personal y social: somos por naturaleza individuos e hijos de Dios y ciudadanos de un país y del mundo. En verdad, todos nuestros pecados afectan negativamente a la comunidad, a la familia humana y cristiana: “No se da pecado de pensamiento, palabra u obra, aun el más personal y secreto, que no cause daño a la comunidad” (Bonhoeffer

El Concilio Vaticano II (GS, 27) nos habla de pecados sociales, pecados que son infamias y que gritan al cielo: Cuanto atenta contra la vida -homicidios de cualquier clase, genocidios, aborto, eutanasia y el mismo suicidio deliberado; cuanto viola la integridad de la persona humana, como, por ejemplo, las mutilaciones, las torturas morales o físicas, los conatos sistemáticos para dominar la mente ajena; cuanto ofende a la dignidad humana, como son las condiciones infrahumanas de vida, las detenciones arbitrarias, las deportaciones, la esclavitud, la prostitución, la trata de blancas y de jóvenes; o las condiciones laborales degradantes, que reducen al operario al rango de mero instrumento de lucro, sin respeto a la libertad y a la responsabilidad de la persona humana: todas estas prácticas y otras parecidas son en sí mismas infamantes, degradan la civilización humana, deshonran más a sus autores que a sus víctimas y son totalmente contrarias al honor debido al Creador. (Cf. CCC, 1867)

Nuestros pecados tienen también una dimensión ecológica: somos seres sociales y criaturas del universo. Se dan también concretos pecados ecológicos. El Papa Francisco habló de ellos reiteradamente: la contaminación masiva del aire, la destrucción de los recursos de la tierra y el agua, la destrucción de la fauna y la flora, y cualquier acción que causa un desastre ecológico, o la destrucción del eco-sistema.

CAUSAS Y EFECTOS DE LOS PECADOS

El pecado es mala compañía; un obstáculo para la felicidad. No queremos pecar. Por ello, necesitamos conocer las causas y efectos de los pecados.

     La causa directa de nuestros pecados somos nosotros mismos: el abuso de nuestra libertad, que es hablando correctamente el poder de hacer el bien, y no el mal. El amor desordenado de un mismo -un ego godo- como amor primero, es la causa radical de nuestros pecados. Santo Tomás nos dice que el amor desordenado de uno mimo es la causa de todos los pecados ( (cf. STh, I-II, 77,4).

Los cristianos creemos en la existencia del demonio, desde el principio de la historia del pecado (él tentó a Adán y Eva). Satanás es causa indirecta de nuestros pecados invitándonos a hacer el mal. Él es el tentador por antonomasia (cf. Mt 4,3). Los otros dos tentadores son el mundo con sus falsos valores y la carne con sus pasiones desordenadas.

Dios no puede ser causa de nuestros pecados de ninguna manera. Él es amor infinito. Dios permite nuestros pecados y puede sacar bondad de ellos (cf. I-II, 79, 4). Él respeta nuestra libertad –su regalo. No deja al hombre; el hombre lo deja a Él (cf. STh II-II, 24, 10). Dios no quiere la muerte del pecador, sino su salvación, su vida plena.

Los pecados, un mal moral, causan malos efectos. Causan discordia, desorden, división. Interesante: Santo Tomás dice que el pecado envejece al hombre que peca. El pecado mortal causa la muerte espiritual del pecador.

Otras personas pueden cooperar en nuestros pecados, y viceversa. Tengamos mucho cuidado en no cooperar en los pecados de los demás, y de no dar escándalo a los pequeños, a los niños, a los que son como niños, a los pobres (cf. Mt 18:6). Por lo tanto, no cooperación en los pecados de otros; más bien, prudente corrección fraterna y oración.

¿Cómo nos libramos de nuestros pecados? Por el sendero de la conversión a Dios – a Cristo. Jesucristo es nuestro salvador: “Este es el cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Jn 1,29).

Arrepentimiento del pecado, reconciliación con Dios, paz en uno mismo y con los demás, armonía con la creación hacen al mundo nuevo cada día. Dice Santo Tomás que medir perdón de verdad es una auténtica resurrección.

Un buen método para renunciar al pecado y volver a Dios: no luchar directamente contra nuestros pecados (muy probable que el demonio nos venza), sino practicar la virtud, hacer buenas obra -amar. La ayuda de Dios está a la puerta de nuestro corazón. La oración humilde siempre nos ayuda: oración que nos lleva al ayuno, y el ayuno a la misericordia y al perdón. Acentuamos que el ayuno verdadero no es solo abstenerse de alimento y bebida, sino sobre todo abstenerse de pecados y vicios. El Papa León XIV hace hincapié en un ayuno que desarma el lenguaje y se abstiene de palabras hirientes.

Y PARA CONCLUIR. Nunca olvidemos que la misericordia de Dios es infinitamente más grande que todos nuestros pecados. Él perdona nuestros pecados si estamos arrepentidos de ellos y los confesamos (necesario para los pecados mortales).  Y después de confesados, no los recordamos demasiado: no es bueno jugar con la mierda. El buen Dios los ha perdonado y olvidado. Ayer, ya pasó. Lo único en nuestras manos es hoy – hoy para amar. Recordamos, ante todo, la infinita misericordia de Dios. “Para los santos, cuando recordaban sus pecados, no recordaban los pecados sino la misericordia de Dios, y después aún el mal pasado se convierte para ellos en una causa viviente de alegría y les sirve para dar gloria a Dios” (Tomás Merton, The Seven Storey Mountain). (FGB)

 

Holy Rosary Province Espiritualidad 02 Marzo 2026
MEDITACIONES CUARESMALES:  II. ORACIÓN, AYUNO Y LIMOSNA
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MEDITACIONES CUARESMALES: II. ORACIÓN, AYUNO Y LIMOSNA

 

MEDITACIONES CUARESMALES:

II. ORACIÓN, AYUNO Y LIMOSNA

 

En el Sermón de la Montaña, Jesús invita a sus seguidores a practicar las tres prácticas habituales de penitencia de los judíos: oración, ayuno y limosna (cf. Mt 6, 2-7, 16-18). Desde entonces y hasta hoy, las tres prácticas penitenciales se han convertido para los cristianos en las prácticas tradicionales y clásicas, sobre todo, de la liturgia de la Cuaresma.

LA VIRTUD DE LA PENITENCIA

 El objetivo radical de la Cuaresma es llegar a estar más cerca de Cristo, del Señor crucificado, y resucitado; es dejar que Cristo gobierne nuestras vidas, es decir, ser un cristiano auténtico, es estar "constantemente listo para llevar el amor de Jesús a los demás" (Evangelii Gaudium, 127). Para poder llevar el amor de Jesús a los demás, necesitamos tener su amor, y para que esto suceda, debemos estar arrepentidos de nuestros pecados. La Cuaresma es el momento apropiado para lamentar profundamente nuestros pecados, recibir el perdón y el amor de Dios y, a su vez, dar a los demás nuestro perdón y el amor de Jesús.

San Juan XXIII escribe en su diario: Hay dos caminos hacia el paraíso: inocencia y penitencia. Hemos perdido nuestra inocencia, por lo que el camino abierto para nosotros es la penitencia. La Cuaresma es el camino de la penitencia, que nos conduce hacia la celebración del gran misterio de nuestra fe: la Pascua El Papa Francisco nos dice que la Cuaresma es "un momento favorable para prepararse a celebrar con corazones renovados el gran misterio de la Muerte y Resurrección de Jesús". La virtud de la penitencia renueva nuestros corazones, fortalece nuestros amores.

Conectada con la virtud cardinal de la justicia, la penitencia es una gran virtud: un éxito en la autorrealización, un buen hábito operativo o una fuerte disposición del alma que urge al que lo posee a realizar actos de penitencia. La penitencia nos encamina hacia la destrucción del pecado como una ofensa contra Dios, nosotros mismos, el prójimo y la creación.

La virtud de la penitencia es una actitud permanente de la vida cristiana. La Cuaresma es el tiempo singular de la penitencia. A lo largo de 40 días, los cristianos son convocados por su fe, por la Iglesia, para practicar de manera más profunda el buen hábito de la penitencia, que es principalmente la penitencia interior centrada en el arrepentimiento: una disposición firme del alma a renunciar al pecado y regresar a Dios, una inclinación permanente a cambiar nuestras vidas siguiendo el camino de Cristo, el camino de su vida, muerte y resurrección.

La penitencia básica es una mayor fidelidad a nuestra vocación y misión. “Si eres lo que deberías ser, prenderás fuego al mundo entero” (Santa Catalina de Siena). La Constitución de los Dominicos dice: Imitando a Santo Domingo ..., los hermanos deben practicar la virtud de la penitencia especialmente observando fielmente todo lo que pertenece a nuestra vida. Para la familia dominicana, para todos los Discípulos de Cristo, las principales formas de penitencia son: la realización de ejercicios espirituales, obras de mortificación o abnegación, y obras de beneficio para la comunidad. 

En el camino de la cuaresma, el Papas León XIV nos recomienda escuchar (a Dios y a los necesitados), ayunar dela lengua (para que disminuyan las palabras que hieren y ofrezca el espacio para la voz de los demás), y a la unidad – a que estemos unidos (contribuyendo así a edificar la civilización del amor).  (Mensaje de Cuaresma, 2026).

 

TRES FORMAS CLÁSICAS DE PENITENCIA

La penitencia interior, "el hábito del corazón", nos inclina a realizar penitencias externas que, a su vez, profundizan la penitencia en nuestros corazones. La virtud de la penitencia, como conversión continua, nos predispone a practicar en particular las penitencias tradicionales de oración, ayuno y limosna. Estas penitencias fortalecen nuestra relación con Dios a través de la oración, con nosotros mismos a través del ayuno y la abstinencia, y con los demás a través de la limosna y el perdón, o sea, de la misericordia.

Los Padres de la Iglesia, representantes preeminentes de la tradición cristiana, predican insistentemente sobre las tres expresiones clásicas de la penitencia. La oración se nos presenta como dirigida al ayuno y la limosna. San Cipriano (200-250) nos habla de oración fructífera y de oración no fructífera. Las oraciones que no producen frutos son oraciones sin buenas obras: “La oración sin buenas obras no es efectiva. La oración unida al ayuno y la limosna se manifiesta en buenas obras”. El ayuno para ser fructífero debe ir acompañado de la limosna. Ayunar sin dar limosnas es inútil en el camino al cielo; es insuficiente como nos dicen los santos Padres Juan Crisóstomo, Ambrosio y Agustín. San Pedro Crisólogo (406-450) escribe: “La oración, la misericordia y el ayuno constituyen una sola cosa,” y se fertilizan recíprocamente. “El ayuno es el alma de la oración, la misericordia es el alma del ayuno ... No se pueden separar. Entonces si rezas, ayuna; si ayunas, muestra misericordia; si quieres que se escuchen tus peticiones, escucha las peticiones de los demás ... El que no ayuna por los pobres engaña a Dios. Da a los pobres y te das a ti mismo ".

Hoy necesitamos otra nueva expresión del ayuno: el ayuno tecnológico para combatir la adición al móvil, al ordenador, etc. Este tipo de ayuno necesario contribuye a tener más silencio interior, "oración en secreto", como Jesús nos recomienda. En silencio, podemos escuchar la voz de Dios, que siempre escucha nuestra voz. El silencio es “la escucha activa de Dios” (Madeleine Delbrel).

El ayuno no es simplemente abstinencia de alimento y bebida, sino sobre todo abstinencia de pecados. Se manifiesta en la práctica de la sobriedad que hace posible -como nos dice San Agustín- que el cuerpo esté bajo el alma, y el alma bajo Dios; y las pasiones bajo la voluntad y la voluntad bajo la voluntad de Dios.

Somos peregrinos -peregrinos de la esperanza- en camino hacia el encuentro de Álguien, hacia la vida eterna. En el camino de la felicidad, de la santidad y de la alegría de la Pascua, tres cosas son importantes: la oración, el ayuno y la limosna. Fray Luis de Granada (1504-1588) explica que necesitamos las tres en nuestra vida: la oración porque nos conecta con Dios; el ayuno o mortificación porque pone orden en nuestras vidas, y dar limosna porque nos conecta con nuestro prójimo; en primer lugar, con los necesitados y los pobres. La penitencia, podemos agregar, también nos conecta con la creación de Dios que debemos cuidar y cultivar, y no explotar ni destruir.

 

LIMOSNA Y PERDÓN

El Señor dice: “Perdona, y serás perdonado; da, y se te dará (Lc 6,37-38). La compasión o la misericordia, un efecto de la caridad -con la paz y la alegría- es la virtud más importante en relación con los demás. La misericordia comprende no solo la obra corporal de la misericordia sino también la obra espiritual de la misericordia. San Isidoro de Sevilla (c. 560-636) habla de dos tipos de misericordia: corporal, o dar a los necesitados todo lo que buenamente podamos; y espiritual, o perdonar a quien te ofendió. San Isidoro comenta: el primero, que es la obra corporal de la limosna, se practica con los indigentes; y el segundo, que es la obra espiritual de perdonar a los demás, se practica con los pecadores. Por lo tanto, añade, "siempre podrás dar algo: si no dinero, al menos perdón".

¿Qué clase de penitencia, de ayuno, desea el Señor que hagamos? El Señor nos sigue respondiendo a través de su profeta Isaías: Dios quiere un ayuno que rompa los grillos de la injusticia, que comparta comida con los hambrientos, que traiga a su casa al necesitado sin refugio, que vista al hombre que ve desnudo y no se aleje de sus propios parientes (cf. Is 58, 6-7). En este contexto, recordamos las parábolas de Jesús sobre el hombre rico y el pobre Lázaro (cf. Lc 16, 19-31) y la del juicio final (cf. Mt 25, 31-46).

¿Qué significan para mí las tres formas tradicionales de penitencia? Es nuestra responsabilidad personal practicarlas. Con respecto a la oración, trataremos seriamente de orar mejor: más atentamente, más devotamente y, quizás, agreguemos una nueva oración para recordarme la cuaresma del 2026. Con respecto al ayuno, intentaremos mortificar nuestros sentidos y nuestras pasiones, vivir un estilo de vida simple y renunciar a algo para poder compartir -lo que no gastemos- con los pobres y, por supuesto, cumplir con las simples normas sobre el ayuno y la abstinencia.

Que la oración, el ayuno y la limosna profundicen la virtud de la penitencia en nuestros corazones y nos lleven a acercarnos al Sacramento de la Penitencia o Reconciliación. La virtud de la penitencia implica "La voluntad de recibir el Sacramento del perdón de los pecados" (K. Rahner), incluidos nuestros pecados contra Dios, contra nosotros mismos, el prójimo -sobre todo los pobres-, y contra la creación.

A través de la santa Cuaresma, sigamos esforzándonos por orar mejor, ayunar moderadamente, y compartir con los necesitados -“misericordiando”- limosnas, y con todos, el perdón. La cuaresma nos recuerda que somos polvo de la tierra y al polvo volveremos. (Afortunadamente, como decía Quevedo, somos “polvo enamorado”). La cuaresma nos guía hacia la Pascua de la Resurrección de Cristo, a través de su Pasión y Muerte. Po el camino esperanzado de la cuaresma. través de la cuaresma, no olvidamos que Somos el Pueblo de la Pascua y  Aleluya es nuestra canción.

Santa María, Madre de Dios y Madre de misericordia, ruega por nosotros. (FGB)

 

Holy Rosary Province Espiritualidad 24 Febrero 2026
  1. MEDITACIONES CUARESMALES 1 EL CAMINO DE LA CUARESMA: CONVERSIÓN, PENITENCIA, RECONCILIACIÓN
  2. CUATRO VITAMINAS PARA EL CAMINO
  3. CUARESMA: ORACIÓN, AYUNO Y LIMOSNA
  4. PERDONADOS Y PERDONANDO

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