La palabra “cuaresma” procede de (1) una antigua palabra inglesa, “lenten”, que significa primavera. (2)Por otra parte, la palabra latina “lente” nos dice que vayamos despacio. Basados en esta doble etimología, “Cuaresma significa el inicio de la primavera y una invitación a caminar despacio” (Richard McBrien).
En su sencillo y bello Mensaje para la Cuaresma de este año (5 de febrero, 2026), el Papa León nos recomienda tres consejos: cultivar la escucha, un ayuno de palabras hirientes, y una unión entre los fieles: escuchar, ayunar, juntos.
El camino, la peregrinación de la cuaresma se hace a través de la conversión, la penitencia y la reconciliación.
CONVERSIÓN
Jesús comienza su predicación: “El reino de Dios está cerca, arrepentíos”. Arrepentíos, esto es, convertíos: decid no al pecado y sí al amor. Convertirse a Dios dejando el pecado es un proceso progresivo. Una conversión íntegra implica conversión a Dios, en uno mismo, al prójimo y a la creación.
La conversion es un proceso que nunca termina: es una conversion continuada. Y es, sobre todo, conversión de corazón, como centro de la vida personal. Conversión de corazón significa radicalmente “revestirse de Cristo” (Rom 14,13), que nos lleva a ver a los demás con la mirada de Jesús. El proceso de conversión se fortalece con la oración y meditación, con la recepción de los sacramentos, en particular los sacramentos de la Reconciliación y la Eucaristía.
La conversión permanente es ciertamente posible y muy deseable; pero no es fácil: requiere cambo en el corazón y cambio de vida. Cambio en nuestra vida cómoda es difícil ya que lleva consigo cierta perturbación: la conversión nos perturba y por eso no es fácil porque “lo último que la gente desea es ser perturbada” (W. Barclay). No es fácil, pero posible – siempre: con la ayuda y el amor de Dios que nunca faltan, y nuestra humilde y modesta cooperación. El cambio real es metanoia, que significa literalmente cambio mental, de mentalidad, cambio interior (Rom 12, 2), de corazón. La verdadera conversión implica cambio en el ser (metanoia) y cambio en el hacer (epistrefein).
La conversión auténtica es un proceso dinámico y permanente de cambio y renovación. Convertirse significa renunciar al pecado, y volver al amor de Dios y a todo prójimo (cf. Mc 1,15). La conversión quiere decir, ante todo, volver a l buen Dios desde el pecado, que es oscuridad, y esclavitud. y traición al amor de Dios. Conversión significa, según San Agustín, “morir a la muerte y vivir a la vivad (Confesiones).
PENITENCIA
El camino cuaresmal incluye conversión, penitencia y penitencias. Conversión por la penitencia y las penitencias clásicas.
San Juan XXIII escribe en su diario espiritual: Se dan dos senderos hacia el paraíso: la inocencia y la penitencia. Hemos perdido nuestra inocencia; por lo tanto, el sendero abierto para nosotros es la penitencia.
La penitencia es una virtud, esto es, un buen hábito que nos inclina a practicar actos penitenciales. Para los cristianos, la penitencia es una actitud permanente que nos inclina a luchar contra el egoísmo y a practicar humildemente la mortificación. Está unida a las virtudes teologales: la fe es el alma de la penitencia; la esperanza, su fuerza dinámica. y la caridad, su forma (W. Kasper). La caridad -la reina y madre de todas las virtudes- da vida y valor a la penitencia, y a todas las virtudes. La penitencia conecta radicalmente con la virtud de la justicia, que nos inclina a dar a cada uno lo suyo, esto es, sus derechos.
La penitencia nos dispone hacia a destrucción del pecado como ofensa contra Dios y el prójimo. El último objetivo de la penitencia es que debemos amar a Dios y nos dedicamos a Él completamente (San Pablo VI).
El Concilio Vaticano II nos dice que la esencia real de la virtud de la penitencia es odio al pecado como ofensa contra Dios y contra los hijos de Dios -todo prójimo-, y contra la creación de Dios. El profeta nos aconseja: “Expía por tus pecados con buenas obras, y por tus malas obras con amabilidad con los pobres; entonces tu prosperidad será larga” (Dan 4,24). San Pero Crisólogo: “Da al pobre y te das a ti mismo”. Nuestro querido Papa León nos dice que debemos escuchar el clamor de los oprimidos.
¿Qué clase de penitencia le gusta a Dios que hagamos? El Señor nos contesta a través de sus profetas, de Isaías, y sobre todo, de su Hijo Jesús. “Este es el ayuno que yo deseo: romper las cadenas injustas, soltar las coyundas del yugo; dejar libres a los maltratados, y arrancar todo yugo; compartir tu pan con el hambriento, acoger en tu hogar a los sin techo; vestir a los que veas desnudos, y no abandonar a tus semejantes” (Is 58,5-6; cf. Lc 16,19-31). Jesús: “Tuve hambre…” (Cf. Mt 25,34-36). Recordamos las parábolas de hombre rico y el pobre Lázaro, y la del juicio final.
La virtud de la penitencia es principalmente penitencia interior, centrada en el arrepentimiento como una disposición firme del alma a renunciar del pecado y volver a Dios, como una inclinación permanente a cambiar nuestras vidas siguiendo la dirección de Cristo. El acto central del arrepentimiento es la contrición, esto es, un sentimiento profundo de haber ofendido al buen Dios.
La penitencia interior nos inclina firmemente hacia la penitencia externa, es decir, a hacer actos exteriores de penitencia. En el Libro de las Constituciones de los Dominicos leemos lo siguiente: Las formas principales de penitencia son, ejercicios espirituales, actos de mortificación, desprendimiento de si mismo, obras que beneficien a la comunidad. En sentido radical, “los frailes han de practicar la virtud de la penitencia, sobre todo, cumpliendo con exactitud todo lo que concierne a nuestra ida” (LCO, 52, $ 2). Me gusta repetir que la penitencia fundamental para todo cristiano es fidelidad a nuestra vocación y misión: hacer lo que debemos hacer con amor.
Las penitencias clásicas son -como todos sabemos- la oración, el ayuno y la limosna. Estas penitencias concretas nos ayudan a reestablecer y fortalecer nuestras relaciones con Dio a través de la oración, con nosotros mismos a través del ayuno y la abstinencia, con todos los demás a través de la limosna y el perdón, y con la creación a través de una responsabilidad ecológica.
RECONCILIACIÓN
La virtud de la penitencia nos guía hacia el Sacramento de la Reconciliación. La virtud de la penitencia implica “la voluntad de recibir el sacramento del perdón de los pecados”, incluyendo nuestros pecados contra Dios, el prójimo, el pobre y la creación (K. Rahner).
Por el camino de la Cuaresma, intentemos seriamente convertirnos de una manera más profunda, recemos mejor, seamos moderados, ayunemos y compartamos algo más con los marginados y excluidos de nuestro mundo –tan necesitado de oración y compasión. Y traemos seriamente de llevar un estilo de vida personal y comunitario, más sobrio.
Cuaresma es tiempo cambio: metanoia, y renovación. Una fábula luminosa. El profesor Bayacid dijo a sus discípulos: Cuando yo era joven, quería ser un revolucionario. Cada noche rezaba a Dios: “Dame coraje para cambiar el mundo”. Nada cambió. Cuando llegué a adulto, yo quería cambiar a mi familia y a los que vivían a mi alrededor. Cada noche rezaba a Dios: “Señor, ayúdame a cambiar a los que están a mi alrededor; al menos, a mi familia”. Nada cambió. Ahora que soy viejo, me doy cuenta de lo tonto que he sido, y mi oración es: “Señor, dame tu gracia para que yo cambie”. Y añadió: “Si yo hubiera rezado así, no hubiera perdido el tiempo”. Con su cambió, empezó a cambiar su familia.
Y para terminar, recordamos el primer día de Cuaresma, el miércoles de ceniza, se nos recuerda penitencialmente: “Eres polvo y en polvo te convertirás”. Lo realmente importante y esencial: la Cuaresma nos encamina hacia una celebración gozosa de la Pascua a través de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús. Caminando por las cinco semanas de Cuaresma no olvidamos que somos un pueblo pascual. Ciertamente, somos el pueblo de la pascua y aleluya es nuestra canción. (FGB)