MEDITACIONES CUARSMALES, III, PECADO
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MEDITACIONES CUARSMALES, III, PECADO

MEDITACIONES CUARESMALAS:

III. RENUNCIAR AL PECADO

EL CAMINO DE LA CUARESMA es una peregrinación de conversión hacia la Pascua por el sendero de la penitencia y la reconciliación. Radicalmente, la conversión significa renunciar al pecado y volver a Dios.

     Vivimos en un mundo secular, individualista y consumista en el que, generalmente, el pecado no cuenta. Hay una perdida clara del sentido de pecado y, más radicalmente, una pérdida de Dios. Sin embargo, el pecado sigue estando presente hoy y aparentemente multiplicándose.

Desde el inicio de la historia humana, el pecado es una oscura realidad. La desobediencia de nuestros primeros padres (cf. Gen 3,12): el pecado original que corrompió nuestra naturaleza humana (cf. Santo Tomás, (STh, I-II, 109, 2). Después nos encontramos con el asesinato de Caín a su hermano Abel (Gen 4,1-18). Y seguidamente, muchos pecados que narra la Sagrada Escritura. Y la raza de Caín continúa – hoy.

Hay pecado en el mundo. Y hay pecado en nuestros corazones. Jesús de Nazaret lo dijo muy bien cuando fariseos y escribas querían apedrear a una mujer adúltera: “El que de vosotros no tenga pecado, que tire la primera piedra” (Jn 8,7). Ninguno lo hizo. Todos sufrimos la enfermedad del pecado. Todos necesitamos un médico, un salvador: Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre.

La Sagrada Escritura habla frecuentemente del pecado para llamar al arrepentimiento. La dignidad del hombre y la indignidad del pecado: el pecado degrada al hombre y le impide alcanzar su plenitud humana. Pecando, el hombre abusa de su libertad, interrumpe su relación con Dios y pierde, además, la armonía consigo mismo, con otros, y con todas las cosas creadas (cf. GS, 13; CCC, 1846-1869). El pecado corroe el alma. Jesús vino al mundo para llamar a los pecadores al arrepentimiento – a amar.

PECADO Y PECADOS

Convertirse implica también renunciar al pecado (cf. Mk 1,15).

¿Qué es el pecado? El pecado es un mal moral, un acto malo, apego indebido a cosas terrenales: un fracaso en nuestra autorrealización. Implica conversión a las criaturas y aversión hacia Dios. El Vaticano Segundo nos dice que “no es posible despreciar al hombre sin despreciar al mismo tiempo a Dios” (GS 27, 29, 80). El pecado va contra la naturaleza humana, mientas la virtud está acorde con nuestra naturaleza El pecado es inhumano (cf. STh, I-II, 71, 1). También disminuye nuestra inclinación a la virtud, el hábito bueno que nos hace felices.  

     El pecado es oscuridad, noche. Comentando sobre la traición de Judas en una noche, San Agustín escribe: El mismo Judas era noche, porque el pecador lleva la noche dentro de sí mismo. Además, el pecado nos convierte en esclavos. (Rom 7,14). Jesús dice: “Os aseguro que quien comete pecado es un esclavo” (Jn 8,34). El pecado es un mal uso de la libertad. San Agustín nos dice en las Confesiones que cuando él estaba en pecado -en su descarrilada juventud- que entonces tenía la libertad de “un esclavo fugitivo”. Verdaderamente, todo pecado es una traición del amor. Escribe Bernanos en su maravillosa novela Diario de un cura rural: “El infierno es no amar más”.

El pecado es un mal, y el mal nunca puede convertirse en bien. Puede convertirse en ocasión para el bien (cf. CCC 312). Punto a recordar: “Desde el pecado de Adán y Eva, el pecado se presenta como una promesa, pero no es más que una ilusión y una mentira” (A. Peteiro).  

Se dan diferentes clases de pecados: contra Dios, contra nosotros mismos, contra el prójimo, y contra la creación; pecados de pensamiento, palabra y obra y omisión; pecados de comisión (hacer algo pecaminoso), y de omisión (no hacer el bien). Además, se dan pecados que claman al cieno (cf. GS 27; CCC 1867).

Los pecados tienen distinta gravedad. Jesús dice a Pilato: “El que me ha entregado a ti es más culpable que tú” (Jn 19,11). La tradición cristiana habla de pecado mortal o grave, y pecado venial o leve. Solo el pecado mortal significa la muerte espiritual: la pérdida de la divina gracia y de la virtud de la caridad con las otras virtudes infusas y los dones del Espíritu Santo. (Pecado mortal: materia grave, conocimiento y consentimiento plenos. Se dan algunas circunstancias que pueden convertir un pecado objetivamente mortal en venial). Los pecados venales conservan la gracia y el amor divinos, pero enfrían y debilitan la caridad, el fuego de seguir a Jesús y amarle intensamente. Pueden acercarnos a comer pecado mortal. (cf. San Juan Pablo II, RP, 17).

La definición del pecado se aplica formalmente al pecado mortal, esto es, al pecado que corta nuestra agraciada y amorosa relación con Dios, con nuestro prójimo y con la creación.

Una conocida clasificación de los pecados: los siete pecados capitales (cabezas de otros pecados), pecados ordinarios -generalmente veniales- que frecuentemente se convierten en pecados habituales en muchas personas. Todo lo que hay en el mundo es las pasiones carnales, el ansia de las cosas y la arrogancia (1 Jn 2,16). Pasiones carnales: gula y lujuria. Ansia de las cosas: avaricia. Arrogancia: vanagloria, pereza, envidia e ira. La soberbia es el rey de los pecados capitales.

Los siete pecados capitales mueven con facilidad el apetito a perseguir el “bien aparente” (mal moral): vanagloria, lujuria, gula, avaricia; o lo mueven a escapar de hacer el bien verdadero debido a la dificultad (la cruz, el sufrimiento) que conlleva realizar ese bien: pereza, envidia, ira.   

Algunos Padres del Desierto y Padres de la Iglesia añaden un octavo pecado capital: la tristeza. A tener en cuenta: la tristeza denota, quizás, falta de fe en la misericordia infinita del buen Dios y desesperanza en la gloria eterna.

Nuestros pecados tienen una dimensión personal y social: somos por naturaleza individuos e hijos de Dios y ciudadanos de un país y del mundo. En verdad, todos nuestros pecados afectan negativamente a la comunidad, a la familia humana y cristiana: “No se da pecado de pensamiento, palabra u obra, aun el más personal y secreto, que no cause daño a la comunidad” (Bonhoeffer

El Concilio Vaticano II (GS, 27) nos habla de pecados sociales, pecados que son infamias y que gritan al cielo: Cuanto atenta contra la vida -homicidios de cualquier clase, genocidios, aborto, eutanasia y el mismo suicidio deliberado; cuanto viola la integridad de la persona humana, como, por ejemplo, las mutilaciones, las torturas morales o físicas, los conatos sistemáticos para dominar la mente ajena; cuanto ofende a la dignidad humana, como son las condiciones infrahumanas de vida, las detenciones arbitrarias, las deportaciones, la esclavitud, la prostitución, la trata de blancas y de jóvenes; o las condiciones laborales degradantes, que reducen al operario al rango de mero instrumento de lucro, sin respeto a la libertad y a la responsabilidad de la persona humana: todas estas prácticas y otras parecidas son en sí mismas infamantes, degradan la civilización humana, deshonran más a sus autores que a sus víctimas y son totalmente contrarias al honor debido al Creador. (Cf. CCC, 1867)

Nuestros pecados tienen también una dimensión ecológica: somos seres sociales y criaturas del universo. Se dan también concretos pecados ecológicos. El Papa Francisco habló de ellos reiteradamente: la contaminación masiva del aire, la destrucción de los recursos de la tierra y el agua, la destrucción de la fauna y la flora, y cualquier acción que causa un desastre ecológico, o la destrucción del eco-sistema.

CAUSAS Y EFECTOS DE LOS PECADOS

El pecado es mala compañía; un obstáculo para la felicidad. No queremos pecar. Por ello, necesitamos conocer las causas y efectos de los pecados.

     La causa directa de nuestros pecados somos nosotros mismos: el abuso de nuestra libertad, que es hablando correctamente el poder de hacer el bien, y no el mal. El amor desordenado de un mismo -un ego godo- como amor primero, es la causa radical de nuestros pecados. Santo Tomás nos dice que el amor desordenado de uno mimo es la causa de todos los pecados ( (cf. STh, I-II, 77,4).

Los cristianos creemos en la existencia del demonio, desde el principio de la historia del pecado (él tentó a Adán y Eva). Satanás es causa indirecta de nuestros pecados invitándonos a hacer el mal. Él es el tentador por antonomasia (cf. Mt 4,3). Los otros dos tentadores son el mundo con sus falsos valores y la carne con sus pasiones desordenadas.

Dios no puede ser causa de nuestros pecados de ninguna manera. Él es amor infinito. Dios permite nuestros pecados y puede sacar bondad de ellos (cf. I-II, 79, 4). Él respeta nuestra libertad –su regalo. No deja al hombre; el hombre lo deja a Él (cf. STh II-II, 24, 10). Dios no quiere la muerte del pecador, sino su salvación, su vida plena.

Los pecados, un mal moral, causan malos efectos. Causan discordia, desorden, división. Interesante: Santo Tomás dice que el pecado envejece al hombre que peca. El pecado mortal causa la muerte espiritual del pecador.

Otras personas pueden cooperar en nuestros pecados, y viceversa. Tengamos mucho cuidado en no cooperar en los pecados de los demás, y de no dar escándalo a los pequeños, a los niños, a los que son como niños, a los pobres (cf. Mt 18:6). Por lo tanto, no cooperación en los pecados de otros; más bien, prudente corrección fraterna y oración.

¿Cómo nos libramos de nuestros pecados? Por el sendero de la conversión a Dios – a Cristo. Jesucristo es nuestro salvador: “Este es el cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Jn 1,29).

Arrepentimiento del pecado, reconciliación con Dios, paz en uno mismo y con los demás, armonía con la creación hacen al mundo nuevo cada día. Dice Santo Tomás que medir perdón de verdad es una auténtica resurrección.

Un buen método para renunciar al pecado y volver a Dios: no luchar directamente contra nuestros pecados (muy probable que el demonio nos venza), sino practicar la virtud, hacer buenas obra -amar. La ayuda de Dios está a la puerta de nuestro corazón. La oración humilde siempre nos ayuda: oración que nos lleva al ayuno, y el ayuno a la misericordia y al perdón. Acentuamos que el ayuno verdadero no es solo abstenerse de alimento y bebida, sino sobre todo abstenerse de pecados y vicios. El Papa León XIV hace hincapié en un ayuno que desarma el lenguaje y se abstiene de palabras hirientes.

Y PARA CONCLUIR. Nunca olvidemos que la misericordia de Dios es infinitamente más grande que todos nuestros pecados. Él perdona nuestros pecados si estamos arrepentidos de ellos y los confesamos (necesario para los pecados mortales).  Y después de confesados, no los recordamos demasiado: no es bueno jugar con la mierda. El buen Dios los ha perdonado y olvidado. Ayer, ya pasó. Lo único en nuestras manos es hoy – hoy para amar. Recordamos, ante todo, la infinita misericordia de Dios. “Para los santos, cuando recordaban sus pecados, no recordaban los pecados sino la misericordia de Dios, y después aún el mal pasado se convierte para ellos en una causa viviente de alegría y les sirve para dar gloria a Dios” (Tomás Merton, The Seven Storey Mountain). (FGB)