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UN ESTILO DE VIDA SENCILLO

Uno de los problemas sociales más acuciantes en nuestro mundo sigue siendo la pobreza: la pobreza involuntaria, forzada. La pobreza forzada es un mal que clama al cielo. En un mundo en el que hay suficiente para todos, muchos ricos y poderosos se pavonean de su riqueza, y muchos otros no tan ricos consumen extremadamente y no comparten. La sencillez continúa siendo una necesidad urgente.

` El estilo de vida de Jesús es sencillo, sobrio. Nuestro Señor pide a todos sus seguidores que vivamos un estilo de vida sencillo, austero, frugal. Nuestros santos -nuestros modelos- vivieron y viven una vida de sencillez y sobriedad.

DESCRIPCIÓN DE LA SENCILLEZ

La sencillez es “una virtud que impulsa el crecimiento humano, tanto el individual como el social, y sostiene el crecimiento ecológico de la naturaleza” (Diccionario). La sencillez es una virtud, un buen hábito similar a la sobriedad, la frugalidad y la austeridad.

Relacionada directamente con la templanza y la caridad o el amor, la sencillez o la sobriedad es la virtud que nos inclina firmemente hacia una buena relación con Dios, con nosotros mismos, con el prójimo y con la creación (cf. CCC 1809). El Papa Francisco escribe: “Si nos sentimos íntimamente unidos a todo lo que existe, la sobriedad y el cuidado brotarán espontáneamente” (LS 11).  

La sencillez nos hace desear continuamente a Dios y su amor. Está fundamentada en la roca firme de la gracia divina, y se manifiesta en una fe esperanzada. La oración, la meditación, el silencio nos conecta con Dios, que es nuestro Creador y Padre, que por Jesús y en el Espíritu Santo, nos creó iguales en dignidad, y abiertos a los demás en amorosa sencillez. Nuestra alma es sencilla cuando, en todo lo que hacemos o deseamos, no tenemos otro objetivo sino solo el amor de Dios (San Francisco de Sales).

La sencillez nos ayuda a tener armonía en nosotros mismos. Esta armonía -desde la gracia divina- se consigue por el conocimiento de la razón, la fortaleza de la voluntad y el control de las pasiones: “El cuerpo bajo el espíritu y el espíritu bajo Dios” (San Agustín). En una vida ruidosa y trepidante, necesitamos cultivar la vida interior, la oración, el silencio. Como todos somos pecadores, no tendremos paz interior, armonía a no ser que estamos en paz, en armonía con el buen Dios misericordioso, y con los demás. Es interesante subrayar que el silencio, una virtud conectada con la sobriedad, modera nuestro uso de palabras y atempera nuestra aparente inclinación al ruido y a los sonidos fuertes. La virtud del silencio consiste en una especie de balance entre la palabra hablada y el silencio (S. Pinckaers).

La sencillez es una virtud que nos inclina habitualmente a tener unas relaciones humildes y compasivas con los demás, sobre todo con los más necesitados. Palabras punzantes: “Al final del camino, cuando el ser de la persona será desvelado, el juez no nos preguntará: ¿fuiste un hombre o una mujer?  ¿Estuviste casado o no? ¿Tuviste hijos o no?  Lo que nos pregunte será más universal, más profundo, y al mismo tiempo más sencillo”: Tuve hambre, ¿me diste de comer?  Estuve exiliado, desnudo, enfermo, prisionero, ¿me serviste? Cada vez que lo hiciste a uno de mis hermanos menores a mí me lo hiciste (Mt 25, 31-46). “Solamente esta fraternidad universal , que está reflejada en el servicio concreto a los más necesitados, nos manifiesta como signos de Dios en la tierra” (Xavier Pikaza).

 

 

La sencillez, además, nos ayuda a tener una relación respetuosa y responsable con la creación de Dios. Nos da fuerza para estar despegados de las cosas materiales, para valorarlas como bienes útiles, y para ser responsables ecológicamente. José Múgica, expresidente de Uruguay nos dice: “La sobriedad es un lujo, para poder ser libres. La libertad es lo que da sabor a la vida. Debemos aprender a vivir con lo que es necesario, y no hago una apología de la pobreza”.

La sencillez o la sobriedad es la virtud que nos dispone firmemente a no ser consumidores compulsivos. Nos ayuda a no caer en la tentación de consumir sin límites. El consumismo se centra en tener y no en ser más. La felicidad consiste no en tener más sino en necesitar menos (San Agustín), y en compartir algo con los necesitados. El consumismo alienta el deseo de bienes materiales mientras insensibiliza las virtudes de la compasión y la solidaridad con los pobres.  La sencillez nos inclina a deshacernos de las cosas materiales que no necesitamos, y otros necesitan. Esta virtud condena el consumismo y el despilfarro, y la cultura de tirar a la basura. Contra la cultura del consumismo, el Papa Francisco propone una cultura de la sencillez y del cuidado (LS 84, 231). La sobriedad dice no al consumismo extremo, compulsivo, obsesivo, a un consumismo que es autodestructivo e insolidario.

NUESTRA RESPUESTA

La Parábola del Juicio Final (cf. Mt 25:31-46) llama frecuentemente a la puerta de mi corazón, y cuestiona mi estilo de vida, y me recuerda mi obligación de vivir un estilo de vida sencillo y de compartir algo con los pobres y necesitados. Esta obligación se extiende a todos los discípulos de Jesús; de modo singular, a quienes hemos hecho el voto de pobreza.

Todos los cristianos deben ser pobres de espíritu, que es condición del discipulado de Jesús (cf. John Paul II, VS 18). La pobreza de espíritu implica -al menos- tres cosas: desapego de las cosas materiales, un estilo de vida sencillo, y solidaridad con los pobres. Incluye la gracia de reconocer a Jesús en el pobre, el enfermo, y en “los caídos” en las autopistas de la injusticia, la violencia y el odio.

Recuerdo aquí la conocida historia de la piedra preciosa. Un día un monje itinerante encontró una piedra preciosa y la puso en su bolso. Otro día, se encontró con un caminante, que al ver la piedra le pidió que se la diera. El monje se la dio. El viajero continuó su comino muy contento y feliz.  Unos días después, el caminante se percató de que no era feliz: cada día deseaba tener más y más. Se fue de vuelta al monje, le devolvió la piedra preciosa, y le pidió, por favor deme algo mucho más valioso: lo que le permitió darme su piedra preciosa. El caminante pedía al monje el regalo de un estilo de vida desapegada, sencillo, sobrio y veteado de amor universal.    

Las virtudes están conectadas unas con otras, y todas, para ser virtudes auténticas, permeadas de amor o caridad, que es la primera y la “forma” de las virtudes, y que da vida a todas las virtudes. Para el cristiano, la caridad es la virtud que proporciona una visión nueva -la visión del corazón- a todas las virtudes. El amor, por el camino de la fraternidad y la solidaridad, perfecciona la sencillez y la generosidad. El Papa Benedicto XVI nos dice que el programa de vida del cristiano, que es el programa de Jesús, es el programa del Buen Samaritano, el programa de un corazón que ve cuándo el amor es necesario y actúa apropiadamente” (DCE 31).

El sabio ora: [Oh Dios], “Aleja de mí falsedad y mentira; no me des riqueza ni pobreza; concédeme solo el pan necesario; no sea que me sacie y renuncie de ti” (Prov 30, 8-9). La sencillez con amor, nos urge a vivir con sencillez para que otros puedan sencillamente vivir (Obispos de Canadá).

 

Holy Rosary Province Espiritualidad 01 Junio 2024
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EL SONIDO DEL SILENCIO

EL SONIDO DEL SILENCIO

 

Cuando yo era estudiante de filosofía, teníamos un Maestro de Estudiantes sabio y santo, Fray Luis López de las Heras. Todos los sábados nos daba una conferencia. Una de ellas me impactó sobremanera, y todavía se mantiene viva en mi corazón: la charla sobre el silencio, un silencio que nuestro Maestro practicaba en su humilde vida y sobria dominicana. Años después, una de mis canciones favoritas nos cantaba elegantemente, emocionando nuestro corazón, de la voz del silencio: “The Sound of Silence,” El sonido del silencio por Simón y Garfunkel. La canción, los intérpretes, la letra son maravillosos. ¡Me encanta el título!

Estamos invadidos, bombardeados por demasiadas palabras, demasiados ruidos. El silencio es un gran valor en todas las religiones y creencias.  Como seres humanos, como cristianos necesitamos oír y escuchar el sonido, la voz del silencio a través de nuestra vida. La Iglesia “debe descubrir el poder del silencio” (Cardenal Luis Antonio de Tagle).

Silencio es la otra palabra. Después de la palabra, el gran predicador Lacordaire dice, el silencio es el segundo poder en el mundo. Palabra y silencio son dos maneras de hablar; dos modos de comunicarse. Son las dos caras de parlar. Ambas se complementan mutuamente: “Todos necesitamos usar palabras, pero para usarlas con poder todos necesitamos el silencio” (John Martin)

Apuntemos que el silencio es de dos clases: silencio malo y silencio bueno. El silencio malo (moralmente) es el silencio que calla cuando debe hablar: “Creí, por eso hablé; también nosotros creemos y por eso hablamos” (2 Cor 4,13). Nosotros hoy también creemos, y por lo tanto hablamos. El Señor le dice a Pablo: “No tengas miedo, sigue hablando y no calles porque Yo estoy contigo” (Hch 18,9-10). A los apóstoles Pedro y Juan, las autoridades judías les instaron a que no hablaran más sobre “el nombre”, es decir, sobre Jesucristo muerto y resucitado. La respuesta de los dos apóstoles: “No podemos nosotros dejar de hablar de lo que hemos visto y oído” (Hch 4, 20).

El Papa León XIII nos dice: A veces, no debemos estar callados. Debemos hablar, como cuando él habló con fuerza de la injusta pobreza de los trabajadores a finales del siglo 19: Guardar silencio parecería que descuidamos nuestro deber (Rerum Novarum). Su humanidad y su fe piden al cristiano hablar también en lugar de aquellos que no tienen voz: niños, mujeres, pobres, migrantes, y todos los marginados de la tierra.      

El silencio forzado o impuesto también es condenable. Por ejemplo, el silencio impuesto por autoridades políticas y religiosas, y por otros sobre otros: sobre promotores de la dignidad humana y los derechos humanos fundamentales; sobre seguidores pacíficos de religiones y creencias. El dinero también puede forzar a algunos a callar cuando debieran hablar: “Cuando habla el dinero, la verdad calla” (dicho chino). También en nuestro tiempo -y quizás más-, es fácil encontrarse con gente que calla porque es “políticamente correcto”.   

Si hablamos del silencio sin adjetivos nos referimos generalmente a un silencio bueno, silencio positivo, virtuoso. Necesitamos silencio, silencio bueno para conocernos mejor a nosotros mismos, para escuchar a Dios, a Jesús -Hijo de Dios y Salvador nuestro-, a nuestro corazón, a todas las mujeres y hombres, a todas las criaturas del buen Dios

Necesitamos del silencio para escuchar la palabra silenciosa de nuestro corazón: “Vuestros corazones conocen en el silencio los secretos de los días y las noches” (Kahlil Gibran).  

Necesitamos el silencio para es escuchar la voz silenciosa de Dios, para escuchar “la Voz”: “Yo estaré en silencio y dejaré a Dios que hable dentro de mí” (Eckhart ). “Habla, Señor, tu siervo escucha.” Como al profeta Elías, Dios no nos habla en el violento huracán, ni en el temblor de tierra, ni en el fuego. Dios nos habla en “el susurro de una brisa suave” (1 R, 19, 11-13). Para escuchar la voz silenciosa de Dios, nuestros sentidos, nuestros corazones deben estar en silencio: “Mantengo mi alma en paz y silencio como niño destetado en el regazo de su madre; como niño destetado esta mi alma en mi” (Sal 131, 2).

Necesitamos silencio para escuchar a la creación de Dios: a las estrellas, al océano, al viento, a las flores, a los pájaros… En su Encíclica Laudato Si’, el Papa Francisco nos invita a contemplar la creación y a escuchar su voz silenciosa. Cita al Papa Juan Pablo II: “Para el creyente, contemplar la creación es escuchar un mensaje, es escuchar una voz paradójica y silenciosa (LS  85).

 Necesitamos silencio para escucha a los demás. Job dice a sus amigos parlanchines: “! Oh, ¡si os callarais la boca! sería eso vuestra sabiduría” (Jb 13, 5). El Papa Francisco habla de la importancia de aprender el arte de escuchar, que es más que simplemente oír, e implica “apertura del corazón”. El Papa recomienda un “escuchar respetuoso y compasivo” (Evangelii Gaudium 171). Desafortunadamente, algunos de nosotros no escuchamos a los otros, sino que esperamos a que terminen de hablar para seguir con nuestro rollo. Simon y Garfunkel cantan: La gente casca sin hablar; la gente oye sin escuchar…” (The Sound of Silence). Nos callamos cuando nuestra palabra pueda ser hiriente u orgullosa o descortés. En estos casos, como decía mi padre: La mejor palabra es la que está por decir”. Con relación a la vida de los demás, el gran místico San Juan de la Cruz nos dice lo siguiente: “Gran sabiduría es callar y no mirar ni dichos, ni hechos, ni vidas ajenas” (Dichos de luz y amor).  

Necesitamos silencio para proclamar la palabra salvadora. En su Exhortación Apostólica Verbum Domini (2010), el Papa Benedicto XVI recomienda la educación del Pueblo de Dios en el valor del silencio, que es necesario para proclamar y escuchar la Palabra. En realidad, la Palabra “solo puede ser proclamada y oída en silencio, en el exterior y en el interior”; “la gran tradición patrística nos enseña que todos los misterios de Cristo envuelven silencio” (VD 66). La liturgia habla de “silencio sagrado”, que se recomienda en la Eucaristía, y en la recitación de los Salmos. También pausas de silencio son recomendables para el rezo del Rosario, sobre todo al principio de cada misterio.  

Los santos nos invitan a cultivar el silencio en nuestra vida. Ellos y ellas practicaron –y practican hoy- el silencio y la oración silenciosa de Jesús. Como San José, que sintiendo la mano de Dios acepta silenciosamente la maternidad de María y la vida misteriosa de Jesús (cf. Mt 1:24). No pronuncia ni una palabra. Él solamente habla con sus buenas obras, con su vida en sintonía con la voluntad de Dios.  Como la Virgen María, la más grande entre santos y santas, que guardaba todo lo que acontecía alrededor de Jesús en su corazón (Lk 2:51): en ella, todo era espacio para el Amado y silencio para escuchar (Bruno Forte).

Jesús calla, en particular, el primer Viernes Santo: su silencio sereno a las muchas preguntas de Pilatos y Herodes. Su silencio tranquilo a los gritos de la gente, “Crucifícale, crucifícale”. Su humilde silencio cuando es terriblemente azogado, atado a la columna. Jesús es pacientemente silencioso a través de su lacerante pasión. A veces, pronuncia algunas palabras que dramatizan su silencio sonoro. Jesús, el Varón de Dolores, “nunca abrió su boca”: como un cordero llevado al matadero, como una oveja ante los que la trasquilan, nunca abrió su boca (cf. Is 53, 7; 8.32). Sí, como un cordero, pero en realidad, en lugar de un cordero tenemos un hombre, y en el hombre, Cristo que contiene todo” (Melito de Sardis).

En la Cruz, Jesús se enfrenta con el silencio de su Padre Dios, y pregunta: ¿Por qué me has abandonado?”  También nosotros preguntamos a veces a nuestro Dios: ¿Por qué me has abandonado? La respuesta de Dios fue y es silencio. El silencio de Dios en medio de la oscuridad, de la desolación, de la injusticia y de las guerras es un silencio misterioso, desvelado de alguna manera por su amor: “Tanto amó Dios al mundo que lo dio a su hijo único” (Jn 3, 16). ¿Por qué el Señor guarda silencio cuando sufrimos?  “Dios no quiere nuestro sufrimiento en s’i mismo, y está con nosotros silenciosamente cuando sufrimos” (E. Schillebeeckx).

¡Y para terminar! Palabra y silencio son dos modos de hablar como los dos ojos de la cara de nuestra vida, o como las dos alas de un pájaro. Palabra y silencio van dirigidas a una tercera palabra:  amor, un amor que habla calladamente con buenas obras: “Un cristiano sabe cuándo es tiempo de hablar de Dios y cuándo es mejor no decir nada y dejar que el amor hable”  (Benedicto XVI).

Nos dice San Juan de la Cruz que “El lenguaje que Dios oye mejor es el amor callado”. En verdad, el amor silencioso es la voz, el sonido más potente: ¡el sonido del silencio! (FGB)

 

 

Holy Rosary Province Espiritualidad 29 Abril 2024
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LA ALEGRÍA DEL CRISTIANO

                LA ALEGRÍA DEL CRISTIANO

Los argumentos que prueban la Resurrección de Cristo son las apariciones del Resucitado a los apóstoles y otros discípulos. Para muchos creyentes, un argumento fuertemente convincente es el cambio increíble que trasformó a los discípulos de Jesús: antes de la resurrección de Cristo, estaban muy tristes y amedrentados; después de su resurrección, fueron valientes y alegres, esto es, una comunidad pascual. Nosotros, que creemos también en la Resurrección de Jesús y en la nuestra, en la Pascua, ¿somos fuertes y estamos alegres, o sea, comunidad pascual? 

¿Qué es la Pascua?  Pascua es alegría (“Felices Pascuas”), una alegría que, como Jesús dijo a los apóstoles en la última cena, “nadie os podrá quitar” (Jn 16:22).  Por este día glorioso de la resurrección de Cristo, y después, todos se alegran.

Nos imaginamos a los dos discípulos de Jesús camino de Emaús desde Jerusalén. Jesús ha muerto; están profundamente tristes. En verdad, tenían razón para estar tristes: creían que Cristo había muerto. Por tanto, el fin de la historia. Y punto. Comenta Martín Descalzo: Lo malo es quienes seguimos tristes a pesar de que lo creemos vivo (Vida y ministerio de Jesús de Nazaret, III). Ciertamente, “”es muy poco útil decir a la gente que Cristo trae alegría…, si nuestras vidas son tristes” (W. Barclay, cf. Jn 4, 43-45). Es imposible estar triste en presencia del Señor Resucitado (Schillebeeckx). En este contexto, no es extraño que el monje y teólogo Evagrius Pticus (siglo cuarto) -y siguiendo a los Padres del Deserto - añada a los clásicos siete pecados capitales uno más: la tristeza, que el pecado contrario a la virtud de la alegría.  

Todos sabemos que el centro de la predicación de Jesús está en el Sermón de la Montaña, y el corazón del Sermón, en las Bienaventuranzas. Las Bienaventuranzas son como “ocho clases de felicidad” (J. M. Cabodevilla). A algunos cristianos y teólogos les gusta añadir una novena clase de felicidad: Bienaventurados (o ferices), dice Jesús a Tomás apóstol, los que crean sin haber visto (Jn 20. 29).

María y los discípulos de Jesús se alegraron cuando vieron al Señor (cf. Jn 20-20).  La comunidad de los primeros discípulos se alegró. Los conversos de Pablo y Bernabé “quedaron llenos de alegría y del Espíritu Santo” (Hch 13, 52). Después de bautizar al eunuco etíope, “el Espíritu del Señor arrebató a Felipe, de modo que el eunuco no lo vio más; y continuó su viaje muy contento” (Hch 8, 38-39). El carcelero de Pablo y Silas en Filipos se alegró con toda su familia después de haberle bautizado a él y a toda su familia (cf. Hch 16, 33-34).

Siguiendo a los apóstoles, los discípulos de Jesús a través de los tiempos creemos en la Resurrección de Cristo, que es alegría pura: Alegría para el mundo; alegría para ti y para mí. Todos los santos están alegres: “el regalo más grande es su sonrisa”. Damos gracias al buen Dios continuamente porque creemos en la resurrección de su Hijo y, por ello, estamos alegres: la alegría es la hija de la felicidad (Fray Luis de Granada); y la sonrisa, una expresión de la alegría - como el Aleluya.

¿Como experimentaron las primeras comunidades cristianas la resurrección de Cristo?  Las primeras comunidades cristianas celebraban la pasión, muerte y resurrección de Jesús durante una noche y hasta la aurora del día sihuiente. Nos cuentan las crónicas, que muchos no creyentes esperaban frente al lugar donde lo celebraban. ¿Por qué esperaban? Esperaban para ver la radiante expresión -la alegría- en las caras de los cristianos. En realidad, nos dice San Agustín, esa alegría que fascinaba a los no creyentes convirtió a muchos de ellos a creer en Cristo resucitado.

Somos criaturas de Dios, y debemos alegrarnos con la creación entera del Señor: Coronas las laderas de alegría, los prados están llenos de rebaños, los valles se cubren de mieses, que gritan y cantan con alegría (Sal 65, 12-13). Así es, como canta Isaías: El Señor es mi salvación… Alaba al Señor…, canta con alegría (Is 12:2, 5-6). El profeta Habacuc grita alegremente: “Aunque la higuera no echa brotes y las cepas no dan fruto…, yo festejaré al Señor gozando con mi Dios salvador” (Hab 3. 17-18).   

Creemos en Jesús, ¿cómo nosotros, discípulos de Jesús resucitado, no vamos a estar alegres? La alegría es una característica de la buena gente, de creyentes verdaderos, de cristianos auténticos. Nosotros creemos que Dios es Uno y Trino, un solo Dios y tres personas divinas: Dios Padre, nuestro creador y poder; Dios Hijo, nuestro salvador y redentor - y de toda la humanidad; y Dios Espíritu Santo, nuestra gracia y abogado. La alegría es uno de los frutos y bendiciones de del Espíritu Santo (Gál 5:22). Nadie es tan feliz como un auténtico cristiano (Pascal). Esta es la razón de por qué algunos/as de nuestros hermanos y hermanas añaden a los 10 mandamientos un undécimo: ¡Estad alegres!

¿Cuál es la causa principal de la alegría cristiana? El amor de Dios: Dios nos ama. A pesar de nuestros pecados, Dios Padre nos ama, Dios Hijo nos sana, y Dios Espíritu Santo nos fortalece con su gracia divina y alegría (cf. Lc 15, 10). El amor verdadero o la caridad -una participación del amor de Dios en nuestros corazones- es la causa principal de la felicidad y alegría. En verdad, la caridad -el amor de Dios y de todos los prójimos- causa alegría real, que es, con la compasión y la paz, efecto de la caridad. El amor es gozoso. La caridad, virtud teologal, está fundamentada en la gracia divina, que es una limitada, pero verdadera participación en la divinidad de Dios.  

Pero, un pero difícil: ¿cómo podemos estar alegres cuando el sufrimiento nos hiere? El sufrimiento es parte inevitable de nuestra vida: todos “llevamos las heridas de Cristo”; todos cargamos con nuestra cruz individual. El sufrimiento -la cruz- no está directamente opuesto a la alegría (alguien dijo que lo contrario de la alegría es el resentimiento). Y estamos alegres también  

hoy, a pesar de la terrible pandemia del Covid-19,m de las miserables guerras (que denunciamos) -  y de nuestras tristes lágrimas. Un sufrimiento desordenado o no bien integrado hiere la amable virtud de la alegría. La clave que da sentido a nuestro sufrimiento y lo hace relativamente alegre es el amor. Y el amor verdadero hace llevadero, ligero y hasta alegre, aunque esto sea menos común, como nos dice la santa de Ávila, nuestra cruz. Discípulos de Jesús a través de los siglos, cuando fueron perseguidos y martirizados, - y lo siguen siendo hoy- estaban “llenos de alegría” (Hch 5:41).  

En nuestra vida, la alegría y el sufrimiento van mezclados. En la vida de Santo Domingo de Guzmán, por ejemplo, sus lágrimas de alegría y de dolor van mezcladas, pero siempre todas penetradas de alegría espiritual. El camino de la cruz es el camino hacia la resurrección: No hay Domingo de Pascua sin Viernes Santo. Como la de Jesús, nuestra cruz es una cruz victoriosa. La muerte de Cristo en la cruz fue “una muerte de reconciliación y de amor, una muerte que nos encamina hacia la resurrección y la vida”. De modo similar (guardando las distancias), “El cristiano no muere para quedar murto sino para resucitar. La muerte ya no tiene la última palabra” (José Antonio Pagola, Jesucristo). La tiene el amor.

Somos peregrinos hacia nuestra resurrección. Nuestra vida es un viaje de fiel, amable y alegre esperanza hacia la casa del Padre Dios. San Pablo nos pide: Sed alegres en la esperanza, pacientes en el sufrimiento, perseverantes en la oración (Rom 12, 12). Fe, esperanza y caridad rezan. Pedimos al buen Dios que al final de nuestro camino, Jesús nos diga a ti y a mí: Entra en la fiesta de tu Señor (Mt 25, 23).   

¡Qué maravilloso!  ¡Que fascinante! Somos Pueblo Pascual y el aleluya es nuestra canción. Aleluya, esto es, alaba al Señor.

 

Holy Rosary Province Espiritualidad 31 Marzo 2024
  1. EL CAMINO DE LA CUARESMA: HACIA LA PASIÓN Y MUERTE DEL SEÑOR
  2. FIELES A LA VOCACION PERSONAL
  3. LA FAMILIA CRISTIANA Y LA VIDA
  4. RECETA PARA CONSTRUIR LA PAZ

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