UNA VEZ MÁS: NO A LA EUTANASIA
Y AL SUICIDIO ASISTIDO
Eutanasia (terminar con la vida antes de su fin natural) está siguiendo los pasos letales del aborto (terminar la vida concebida, no nacida -en su inicio) en muchas partes del mundo occidental y de países más desarrollados.
Dos ejemplos negativos y uno positivo. La Asamblea Nacional de Francia aprobó (en julio 2026) una ley que legaliza la eutanasia y l suicidio asistido para adultos con enfermedades incurables y sufrimientos considerados "insoportables" (cf. Religión en Libertad, julio 16, 2026). El parlamento español también ha aprobado una ley similar a la francesa: en España, por tanto, la eutanasia y el suicidio asistido también son legales –e inmorales Por otra parte, un rayo de luz: el parlamento inglés no aprobó (en septiembre 2026) un proyecto de ley similar al francés y al español.
Para enfrentarse a este reto desde una perspectiva ética, teológica y espiritual, la Congregación Vaticana -ahora Dicasterio- para la Doctrina de la Fe (CDF) publicó el 14 de julio del 2020 una larga y densa carta titulada Samaritanus Bonus, el Buen Samaritano. El texto de esta carta fue aprobado por el Papa Francisco.
El objetivo concreto y medular del documento es “reafirmar el mensaje del Evangelio y sus expresiones como fundamentos doctrinales propuestos por el Magisterio” y “proporcionar pautas pastorales precisas y concretas” (SB, Introducción).
La eutanasia es definida tradicionalmente como “una acción o una omisión que por su naturaleza, o en la intención, causa la muerte, con el fin de eliminar cualquier dolor”. El documento proclama que “la Iglesia considera que debe reafirmar como enseñanza definitiva que la eutanasia es un crimen contra la vida humana porque, con tal acto, el hombre elige causar directamente la muerte de un ser humano inocente”. La eutanasia es un acto intrínsecamente malo, en toda ocasión y circunstancia y su práctica conlleva objetivamente la malicia propia del suicidio o del homicidio. Esta enseñanza está basada en los principios básicos de la ley natural y de la ley divina.
El suicidio asistido, que implica ayudar directamente a quienes quieren suicidarse, es también gravemente inmoral cuando se trata de una cooperación formal –de aquellos que favorecen la eutanasia y ayudan directamente a quienes quieren suicidarse-, o de una cooperación material inmediata –de aquellos que dicen que la eutanasia es gravemente inmoral, pero, contradiciendo sus palabras, asisten directamente – con ayuda necesaria - a quienes piden el suicidio. Líderes políticos, legisladores, médicos y enfermeras, donantes altruistas, y otras personas que recomiendan y aprueban legalmente leyes injustas que favorecen la eutanasia y el suicidio asistido son responsables – cómplices- de una cooperación injustificada en el mal, de una cooperación objetivamente inmoral: se trata de “una violación de la ley divina, una ofensa a la dignidad de la persona humana, un crimen contra la vida, un atentado contra la humanidad” y un escándalo deformante de conciencias (SB, V, 1).
Esta enseñanza parece demasiado negativa, pero en realidad no lo es, ya que se trata de defender algo tan esencialmente positivo como es el derecho primario de todas las personas a la vida. No puede haber un derecho al suicidio ni a la eutanasia: “El derecho existe para tutelar la vida y la coexistencia entre los hombres, no para causar la muerte”. Consiguientemente, “nunca le es lícito a nadie colaborar con semejantes acciones inmorales o dar a entender que se pueda ser cómplice con palabras, obras u omisiones” (cf. SB, V, 9).
Una conciencia recta se opone a leyes injustas y obliga a desobedecerlas. Por lo tanto, si a alguien le piden que colabore en la práctica de la eutanasia y el suicidio asistido debe invocar su derecho a la objeción de conciencia. Este derecho es una expresión de la libertad de conciencia y/o libertad religiosa. Y es un derecho básico universal. Afirma la carta vaticana: “Es necesario que los Estados reconozcan la objeción de conciencia en ámbito médico y sanitario, en el respeto a los principios de la ley moral natural, y especialmente donde el servicio a la vida interpela cotidianamente la conciencia humana” (SB, V, 9).
El Magisterio de la Iglesia, fiel a la Palabra de Dios y a la Tradición Cristiana e intentando hacer el mansaje relevante, es claro y constantemente repetido, explicado y renovado homogéneamente. El problema sobre el mensaje humano y revelado es si es presentado debidamente –en programas de una educación apropiada- a los profesionales de la salud, a instituciones católicas, y a otras personas comprometidas de diversa manera con los problemas relacionados con el fin de la vida humana terrena. Mencionamos concretamente: colegios de medicina y enfermería, hospitales católicos, facultades eclesiásticas y escuelas católicas, y familias católicas.
Todos conocemos bien el principio básico y esencial sobre la vida: La vida humana debe defenderse desde el momento de la concepción hasta la muerte natural. ¿Cómo es posible que muchos cristianos –legisladores, políticos, profesores, familias- no se opongan a la cultura de la muerte y luchen pacíficamente a favor de la vida? Algo falla en la vivencia de nuestra fe. Obviamente, la enseñanza sobre el respeto a toda vida humana debe llevar a un compromiso de fe en favor de la cultura de la vida y en contra de la cultura de la muerte. Añadimos: Debemos proclamar la verdad sin rebajarla, y debemos ser compasivos con los que sufren, y no les juzgamos de modo individual, sino que les acompañamos. El buen Dios es Verdad, y el buen Dios es Amor compasivo.
Con relación a la vida y la muerte, ninguna persona de buena voluntad, ningún creyente en Jesús, que es el Buen Samaritano y el Señor Crucificado y Resucitado, puede simplemente ser un espectador sentado a la orilla del camino de la vida: “El hombre debe sentirse llamado personalmente a testimoniar el amor en el sufrimiento” (SB, Conclusión). Nuestro testimonio personal y comunitario hace camino: camino de vida, paz y amor, camino de esperanza y compasión. En nuestro mundo, que tiene sed de esperanza, las personas de buena voluntad y los discípulo de Jesús están llamados a dar razón de su esperanza en la vida eterna (cf. 1 Pe 3:15): “La miseria más grande es la falta de esperanza ante la muerte” (SB, Conclusión). Nuestra fe nos dice que moriremos, pero no para quedar muertos, sino para resucitar otra vida mejor y eterna.
Pedimos al buen Dios, Señor de la vida y de la muerte, que nos ayude a ser buenos samaritanos para los que sufren. Recordamos estas palabras esenciales de Jesús: “Tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber fui emigrante y me acogisteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, preso y fuisteis a verme”. ¿Cuándo, Señor? “Os aseguro que cuando lo hicisteis con uno de mis hermanos más pequeños [con los que sufren] conmigo lo hicisteis” (cfr. Mt 25, 31-46).### (F. Gómez Berlana)