Our Lady of the Rosary Province of the Order of Preachers
  • Inicio
    • Historia
    • Curia Provincial
      • Noviciado
      • Estudiantado
    • Vicariatos y Misiones
      • Misión en Taiwán
      • Misión en Corea del Sur
      • Misión en Singapur
      • Misión en Timor Leste
      • Misión en Myanmar
      • Vicariato de Filipinas
      • Vicariato de Japón
      • Vicariato de Venezuela
      • Vicariato de España
  • Oficiales de Provincia
  • Santos Dominicos
    • Santo Domingo de Guzmán
  • Vocación
    • Vida Religiosa
    • Formación

Seleccione su idioma

  • Español
  • English (United Kingdom)
Featured

CUATRO VITAMINAS PARA EL CAMINO

CUATRO VITAMINAS PARA EL CAMINO

 

Meditando una tarde de marzo 2025, concluí que estas 4 palabras son esenciales para acercarnos a la relativa, pero real, felicidad diaria: perdón, cruz, compasión, y oración. Las fui desentrañando poco a poco en distintos días. A continuación, una breve exposición.


1. EL PERDÓN

El perdón, una cualidad del amor al prójimo, significa borrar de nuestra alma la ofensa que nos han hecho. Quien es incapaz de perdonar a una persona infeliz, agria, triste, violenta, lleva una herida en el corazón que seguirá supurando mientras no sea capaz de perdonar, o al menos esté en el camino progresivo del perdón a quien lo ha ofendido. Perdonar significa sanar la herida, limpiar la sangre, enterrar la falta, olvidarla. Tengo buena memoria, me dices, y recuerdo. Vale: recuerda la ofensa como una herida curada. Una pequeña cicatriz te lo recuerda, pero la herida ya no duele, no hiere.

El perdón es una cualidad del verdadero amor al prójimo, que para el cristiano es expresión y manifestación del amor a Dios, de la caridad, o sea, del amor de Dios en nuestro corazón, pues Cristo nos amó primero (cf. 1 J,n 4, 19).

Rezamos frecuentemente la oración que Jesús nos enseñó, el Padrenuestro, donde pedimos a nuestro Padre Dios: “Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Dios misericordioso nos perdonará en la medida en que nosotros perdonemos. Estas palabras nos interpelan constantemente, y nos llaman a pedir humildemente la gracia del perdón. Jesús remató esa petición del Padrenuestro así: “Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, también os perdonará vuestro Padre celestial, pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas” (Mt 6, 14-15).

 

 2. LA CRUZ

 La Cruz, símbolo del sufrimiento, es el báculo de la vida que todos y todas llevamos. Qué importante es llevarla con cierta dignidad y paciencia.

Para los discípulos de Jesús es singularmente importante, pues es obligación primaria: “Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz casa, y me siga” (Lc 9, 23). La cruz es --puede ser, si bien llevada- el instrumento de salvación.

Es importante acentuar que la cruz no es la palabra más medular de la vida cristiana. Esta es el amor. La caridad aligera el peso de nuestra cruz y, además, hace de nuestra cruz instrumento de salvación. Para quienes seguimos a Jesús crucificado, muerto y resucitado, la Cruz de Cristo nos salva no en si misma sino por el amor incondicional de Cristo, que llevó la cruz paciente y perseverantemente para rescatarnos del pescado y mostramos el camino del amor que debemos seguir siempre. ¿Nos salva la Cruz? “La Cruz no salva a nadie; pero Él (Cristo) ha hecho de la cruz el lugar del mayor amor, sin eliminar su condición de víctima ni negar el mal que se le hacía… Debemos) hacer de ella (la cruz) un instrumento de salvación para el mundo” (Edrien Candiard). Esperanza para náufragos, 2024).

Debemos cargar con nuestra cruz y llevarla, al menos, con paciencia; y si fuere posible, con alegría, como los fieles seguidores de Cristo -los santos-, que decían y dicen: “Cuando viene la cruz es el Señor el que viene”.

La caridad, la compasión implica ayudar a los demás, sobre todo a quienes -llagados por los golpes del hambre, el odio, la injusticia y la violencia- sufren cruelmente. Cantamos en Cuaresma: ¿Dónde estabas cuando crucificaron al Señor? Preguntamos: ¿Dónde estamos cuando crucifican a tantos hermanos y hermanas perseguidas por su raza, su religión, su cultura?

 

3. LA COMPASIÓN


La compasión es una característica esencial -con la paz y la alegría- de la caridad, virtud teologal con la fe y la esperanza. La caridad como amor divino en nuestros corazones es la virtud más perfecta en general, mientras que la compasión es la virtud más perfecta del amor al prójimo. Es en realidad, una cualidad de la caridad.

La compasión significa simplemente una reacción amorosa ante la miseria del otro que nos inclina afectiva y efectivamente a hacer algo para remediarla: sentir el sufrimiento de los demás y ayudarles a llevarlo según nuestras limitadas posibilidades.

La compasión o la misericordia es parte esencial del Evangelio y la vida de Jesús, Dios y hombre. El buen Dios es compasivo. Jesús es compasivo y los discípulos de Jesús deben serlo. De hecho, a la caída de la tarde seremos juzgados en el amor. Este amor, que es universal y nunca selectivo, debe dirigirse principalmente -nunca exclusivamente- a los pobres y necesitados.

Hablamos de la compasión verdadera. Hay otra “compasión” que es falsa: terminar la vida de niños no nacidos y de pacientes terminales. “La compasión auténtica nos lleva a compartir el dolor del otro; no mata a la persona cuyo sufrimiento no podemos aceptar” (San Juan Pablo II).
          La Parábola sobre el Juicio Final no deja lugar a dudas: “Tuve hambre y me diste de comer…” ¿Cuándo, Señor? “Lo que hiciste al pobre, al necesitado, al enfermo a mi [Jesús] me lo hiciste”.   

Por tanto, nos dice San Vicente Paul, “Sé pobre, o amigo de los pobres”. “Da a un pobre y te das a ti mismo” (San Pedro Crisólogo).

 

4. LA ORACIÓN


El Señor nos dice, y San Pablo repite, que debemos orar constantemente y que nuestras oraciones -de alabanza, de gratitud, de petición- son siempre escuchadas por Dios, nuestro Padre:

La oración es un encuentro amoroso con Dios. Nuestra oración es oración vocal y mental, comunitaria y personal: somos personas singulares y miembros de la Iglesia. La Eucaristía es nuestra mejor oración; los primeros cristianos no podían vivir sin ella. El corazón de nuestra oración es la Sagrada Eucaristía como Palabra y Sacramento: la Eucaristía es “fuente y cima de toda nuestra vida cristiana” (Vaticano II, SC 12, y LG 11).

La oración vocal significativa –la comunitaria y la personal- es buena con tal de que nos demos cuenta de quién reza, a quién reza y qué reza. Todas nuestras oraciones a los santos, y muy especialmente a la Virgen María, tienen como objetivo y fin a Dios Uno y Trino, a través de Jesucristo y en el Espíritu Santo.

Se necesita siempre -y hoy quizás más (con tanto ruido y distracciones tecnológicas, y poco silencio) la oración mental: el dialogo cara a cara con Dios,, el encuentro con Él como de tú a Tú. Dios escucha la voz del silencio, del silencio humilde y amoroso.

Considerando nuestra debilidad, la oración de petición es diaria. Jesús nos alienta: “Pedid y recibiréis… Vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que le piden” (Mt 7, 7-12).  Él sabe lo que nos conviene, hoy o mañana -o nunca- mejor que nosotros. Se entiende que pedimos algo bueno, nuestra salud espiritual y corporal -y la de los demás, nuestros hermanos y hermanas. Es bueno y saludable añadir a nuestras peticiones: “Hágase tu voluntad”, que también es siempre nuestra mejor voluntad.

Una cualidad esencial de la espiritualidad de Jesús es -con la compasión- la oración. Debe serlo también la de sus seguidores. La oración nos acerca a Dios, quien nos anima y fortalece para poder perdonar, llevar nuestra cruz pacientemente y ser compasivos. La oración, que es humilde, nos ayuda a serlo, y a luchar contra el enemigo número uno: la soberbia, que suele ir acompañada de su hermana la envidia. “Nunca dejes la oración. Siempre hay remedio para quien reza” (Santa Teresa de Ávila). Madeleine Delbrel, la mística laica del siglo pasado, afirma repetidamente que la oración es el mayor bien que podemos dar al mundo.

          Recordemos las cuatro vitaminas para nuestro caminar como peregrinos de la esperanza: PERDÓN, CRUZ, COMPASIÓN y ORACIÓN. Esto es: perdonar, cargar con nuestra cruz, ser compasivos y orantes. Tomando estas cuatro vitaminas caminaremos ágilmente hacia la paz, la alegría, y la limitada, pero real, felicidad como peregrinos de la esperanza. (FGB). 

 

 

Holy Rosary Province Espiritualidad 31 Marzo 2025
Featured

CUARESMA: ORACIÓN, AYUNO Y LIMOSNA

CUARESMA: ORACIÓN, AYUNO Y LIMOSNA

 En el Sermón de la Montaña, Jesús invita a sus seguidores a practicar las tres prácticas habituales de penitencia de los judíos: oración, ayuno y limosna (cf. Mt 6, 2-7, 16-18). Desde entonces y hasta ahora, las tres prácticas penitenciales se han convertido para los cristianos en las prácticas tradicionales y clásicas de la liturgia de la Cuaresma.

LA VIRTUD DE LA PENITENCIA

 El objetivo radical de la Cuaresma es estar más cerca de Cristo, del Señor crucificado, y resucitado; es dejar que Cristo gobierne nuestras vidas, es decir, ser un cristiano auténtico, es estar "constantemente listo para llevar el amor de Jesús a los demás" (Evangelii Gaudium, 127). Para poder llevar el amor de Jesús a los demás, necesitamos tener su amor, y para que esto suceda, debemos estar arrepentidos de nuestros pecados. La Cuaresma es el momento apropiado para lamentar profundamente nuestros pecados, recibir el perdón y el amor de Dios y, a su vez, dar a los demás nuestro perdón y el amor de Jesús.

 &nbspSan Juan XXIII escribe en su diario: Hay dos caminos hacia el paraíso: inocencia y penitencia. Hemos perdido nuestra inocencia, por lo que el camino abierto para nosotros es la penitencia. La Cuaresma es el camino de la penitencia, que nos conduce hacia la celebración del gran misterio de nuestra fe. El Papa Francisco nos dice que la Cuaresma es "un momento favorable para prepararse para celebrar con corazones renovados el gran misterio de la Muerte y Resurrección de Jesús". La virtud de la penitencia renueva nuestros corazones, fortalece nuestros amores.

 &nbspConectada con la virtud cardinal de la justicia, la penitencia es una gran virtud: un éxito en la autorrealización, un buen hábito operativo o una fuerte disposición del alma que urge al que lo posee a realizar actos de penitencia. Se ordena la penitencia a la destrucción del pecado como una ofensa contra Dios, el prójimo y la creación.

 &nbspLa virtud de la penitencia es una actitud permanente de la vida cristiana. La Cuaresma es el tiempo singular de la penitencia. A lo largo de 40 días, los cristianos son convocados por su fe, por la Iglesia, para practicar de manera más profunda el buen hábito de la penitencia, que es principalmente la penitencia interior centrada en el arrepentimiento: una disposición firme del alma a renunciar al pecado y regresar a Dios, una inclinación permanente a cambiar nuestras vidas siguiendo el camino de Cristo, el camino de su vida, muerte y resurrección.

 &nbspLa penitencia básica es una mayor fidelidad a nuestra vocación y misión. “Si eres lo que deberías ser, prenderás fuego al mundo entero” (Santa Catalina de Siena). La Constitución de los Dominicos dice: Imitando a Santo Domingo ..., los hermanos deben practicar la virtud de la penitencia especialmente observando fielmente todo lo que pertenece a nuestra vida. Para la familia dominicana, para todos los Discípulos de Cristo, las principales formas de penitencia son: la realización de ejercicios espirituales, obras de mortificación o abnegación, y obras de beneficio para la comunidad. Esta es realmente otra forma de decir: oración, ayuno y limosna.

TRES FORMAS CLÁSICAS DE PENITENCIA

La penitencia interior, "el hábito del corazón", nos inclina a realizar penitencias externas que, a su vez, profundizan la penitencia en nuestros corazones. La virtud de la penitencia, como conversión continua, nos predispone a practicar en particular las penitencias tradicionales de oración, ayuno y limosna. Estas penitencias fortalecen nuestra relación con Dios a través de la oración, con nosotros mismos a través del ayuno y la abstinencia, y con los demás a través de la limosna y el perdón, o sea, de la misericordia.

 &nbspLos Padres de la Iglesia (desde el siglo primero hasta el octavo), representantes preeminentes de la tradición cristiana, predican insistentemente sobre las tres expresiones clásicas de la penitencia. La oración se nos presenta como dirigida al ayuno y la limosna. San Cipriano (200-250) nos habla de oración fructífera y de oración no fructífera. Las oraciones que no producen frutos son oraciones sin buenas obras: “La oración sin buenas obras no es efectiva. La oración unida al ayuno y la limosna se manifiesta en buenas obras”. El ayuno para ser fructífero debe ir acompañado de limosna. Ayunar sin dar limosnas es inútil en el camino al cielo; es insuficiente como nos dicen  los santos Padres Juan Crisóstomo, Ambrosio y Agustín. San Pedro Crisólogo (406-450) escribe: “La oración, la misericordia y el ayuno constituyen una sola cosa, y se fertilizan recíprocamente. El ayuno es el alma de la oración, la misericordia es el alma del ayuno ... No se pueden separar. Entonces si rezas, ayuna; si ayunas, muestra misericordia; si quieres que se escuchen tus peticiones, escucha las peticiones de los demás ... El que no ayuna por los pobres engaña a Dios. Da a los pobres y te das a ti mismo ".

 &nbspHoy necesitamos otra nueva expresión del ayuno: el ayuno tecnológico para combatir la adición al móvil, al ordenador, etc. Este tipo de ayuno necesario contribuye a tener más silencio interior, "oración en secreto", como Jesús nos recomienda. En silencio, podemos escuchar la voz de Dios, que siempre escucha nuestra voz. El silencio es “la escucha active de Dios” (Madeleine Delbrel).

Somos peregrinos -peregrinos de la esperanza- en camino hacia el encuentro de Álguien, hacia la vida eterna. En el camino de la felicidad, de la santidad y de la alegría de la Pascua, tres cosas son esenciales: la oración, el ayuno y la limosna. Fray Luis de Granada (1504-1588) explica que necesitamos las tres en nuestra vida: la oración porque nos conecta con Dios; ayuno o mortificación porque pone orden en nuestras vidas [el dicho de San Agustín: "El cuerpo bajo el espíritu y el espíritu bajo Dios"]; y dar limosna porque nos conecta con nuestro prójimo; en primer lugar, con los necesitados y los pobres. La penitencia, podemos agregar, también nos conecta con la creación de Dios que debemos cuidar y cultivar, y no explotar ni destruir.

LIMOSNA Y PERDÓN

El Señor dice: “Perdona, y serás perdonado; da, y se te dará (Lc 6, 37-38). La compasión o la misericordia, un efecto de la caridad -con la paz y la alegría- es virtud más importante en relación con los demás. La misericordia comprende no solo la obra corporal de la misericordia sino también la obra espiritual de la misericordia. San Isidoro de Sevilla (c. 560-636) habla de dos tipos de misericordia: corporal, o dar a los necesitados todo lo que buenamente podamos; y espiritual, o perdonar a quien te ofendió. San Isidoro comenta: el primero, que es la obra corporal de la limosna, se practica con los indigentes; y el segundo, que es la obra espiritual de perdonar a los demás, se practica con los pecadores. Por lo tanto, termina, "siempre podrás dar algo: si no dinero, al menos perdón".

¿Cuál es el tipo de penitencia, de ayuno que el Señor quiere que hagamos? El Señor nos sigue respondiendo a través de su profeta Isaías: Dios quiere un ayuno que rompa los grillos de la injusticia, que comparta comida con los hambrientos, que traiga a su casa al necesitado sin refugio, que vista al hombre que ve desnudo y no se aleje de sus propios parientes (cf. Is 58, 6-7). En este contexto, recordamos las parábolas de Jesús sobre el hombre rico y el pobre Lázaro (cf. Lc 16, 19-31) y la del juicio final (cf. Mt 25, 31-46).

¿Qué significan para mí las tres formas tradicionales de penitencia? Es mi responsabilidad cuaresmal practicarlas. Con respecto a la oración, trataré seriamente de orar mejor: más atentamente, más devotamente y, quizás, agregue una nueva oración para recordarme la Cuaresma del 2025, el Año Jubilar de la Esperanza. Con respecto al ayuno, intentaré mortificar mis sentidos y mis pasiones, vivir un estilo de vida simple y renunciar a algo para poder compartir -lo que no gaste- con los pobres y, por supuesto, cumplir con las simples normas sobre el ayuno y la abstinencia.

Que la oración, el ayuno y la limosna profundicen la virtud de la penitencia en nuestros corazones y nos lleven a acercarnos, si es posible, al Sacramento de la Penitencia o la Reconciliación. La virtud de la penitencia implica "La voluntad de recibir el Sacramento del perdón de los pecados" (K. Rahner), incluidos nuestros pecados contra Dios, contra nosotros mismos, el prójimo -s(pero, como decía Quevedo, “polvo enamordo”).obre todo los pobres-, y contra la creación.

A través del don de la Cuaresma, sigamos esforzándonos por orar mejor, ayunar moderadamente, y compartiendo, “misericordiando” a través de la limosna y el perdón. La Cuaresma nos recuerda que somos polvo de la tierra y al polvo volveremos. (Afortunadamente, como decía Quevedo, somos “polvo enamorado”). La Cuaresma nos guía hacia la Pascua de la Resurrección de Cristo, a través de su Pasión y Muerte. A través de la Cuaresma, no olvidamos que Somos Pueblo de la Pascua y  Aleluya es nuestra canción.

Santa María, Madre de Dios y Madre de misericordia, ruega por nosotros. (FGB)

 

Holy Rosary Province Espiritualidad 03 Marzo 2025
Featured

PERDONADOS Y PERDONANDO

Diariamente rezamos el Padrenuestro, la oración del Señor: ¡la Oración! Como sabemos, los Evangelios nos ofrecen dos versiones: la versión de San Mateo (cf. Mt 6, 9-15) y la versión de San Lucas (cf. Lc 11, 1-4).  La versión de San Mateo es la que los cristianos rezamos ordinariamente.

San Agustín nos dice: Si rezamos bien [el Paternóster], no debemos decir más de lo que contiene esta oración del Señor. El Obispo de Hipo añade: En el Padre Nuestro, Jesús reza por nosotros como nuestro sacerdote; reza en nosotros como nuestra Cabeza [del Cuerpo Místico de Cristo]; y nosotros le rezamos como a nuestro Dios.

La característica más increíble y maravillosa de la Oración del Señor es llamar Padre a nuestro Dios: Él es nuestro Padre en quien nosotros -como sus hijos- confiamos, de quien dependemos y a quien obedecemos. San Cipriano, que tiene un comentario encantador del Padrenuestro, afirma que Dios no es solamente mi Padre, ni solamente tú Padre, sino que es nuestro Padre. Somos una familia, una familia espiritual de hermanas y hermanos: la familia cristiana.

 En esta ocasión voy a reflexionar sobre una de las peticiones del Padre Nuestro: Perdona nuestras ofensas como también nosotros personamos a quienes nos ofenden (Mt 6,12; cf. Lk 11, 4). De este modo, el Paternóster nos lleva al perdón, que es esencial para nuestra vida cristiana -y para nuestra felicidad.

El perdón es simplemente “la expulsión del odio, el rechazo de desear el mal al otro. Es la esperanza de la conversión del criminal” (E. Lasarre).  Perdonar a los otros es característica de un amor humano y divino (la caridad) verdaderos, una cualidad esencial de la paz interior. Como discípulos de Jesús, amamos a todos con un amor que perdona: quien ama de verdad perdona. La caridad (amor divino en nuestros corazones) es -comparada con todas las otras virtudes- la virtud más grande, la que vivifica a todas ellas. Por otra parte, la misericordia o la compasión es la virtud más grande con relación al prójimo (Santo Tomás). La compasión es -con la paz y la alegría- efecto de la caridad, e incluye perdonar y dar limosnas. San Isidoro de Sevilla: Todos pueden y deben perdonar a los otros, incluso aquellos que no tiene pan que dar a otros,   

Jesús nos dice: Si perdonáis a los demás las ofensas, vuestro Padre del cielo os perdonará a vosotros; pero si no perdonáis a los demás, tampoco vuestro Padre os perdonará a vosotros (Mt 6, 14-15).  Recordamos la Parábola de Cristo sobre el siervo que, perdonado, no perdonó a otro (Mt 18, 21-35). Jesús la concluye: “Así os tratará mi Padre del cielo, si no perdonáis de corazón a vuestros hermanos” (Mt 18, 35). San Pablo pide a los discípulos de Jesús: “El Señor os ha perdonado, haced vosotros lo mismo” (Col 3, 13); “Sed amables y compasivos unos con otros; perdonaos unos a otros como Dios os ha perdonado en Cristo” (Ef 4, 32).

Odia el pecado, ama al pecador - quien quiera que sea. Ciertamente, el amor auténtico es un amor que perdona. Examinemos ahora las distintas maneras de perdonar a otros -y a nosotros mismos.

(1) Hay gente que es capaz de perdonar a todos/as. Todos estamos llamados a perdonar siempre, incluso a nuestros enemigos (Mt 5, 44). A veces, nos cuesta tiempo. Aquí hablamos de perdón a nivel individual. Perdonar a nivel social y comunitario es diferente, e implica el cumplimiento de la justicia social y derechos humanos. En todo caso, si no hay perdón la paz       -tanto personal como social- no es posible, y la raza de Caín continuará.   

 (2) Otros dicen que perdonan, pero no olvidan. Yo perdono, pero no olvido. Entonces, probablemente tú no perdonas. Generalmente, no olvidar implica responder a un mal con otro mal. Dicen que olvidan pero todavía siguen resentidos, y están inclinados a una represalia, a cierta venganza, o a la aplicación de la máxima “ojo por ojo y diente por diente”, que no es una  buena opción (cf. Pope Francis, Fratelli Tutti, nos. 50-54).   El verdadero perdón cristiano implica perdón de la ofensa como ofensa. Dios olvida nuestros pecados perdonados. El Profeta dice al Señor agradecidamente: “Volviste la espalda a todos mis pecados” (Is 38:17). En Oriente cuentan esta historia de una mujer visionaria, a quien se la aparecía Dios mensualmente. Después de cada visión, la buena mujer visitaba al sacerdote del pueblo para contarle la visión y lo que el buen Dios pedía. El sacerdote no lo creía. Un día, ya muy cansado de ella, la dijo: La próxima vez que veas a Dios pregúntale por mis pecados secretos. Después de la visión mensual la piadosa mujer volvió al sacerdote, que al verla la preguntó: ¿Cuáles son mis pecados secretos?  Ella contestó: Se lo pregunté a Dios, y me respondió que los había olvidado.

Cristo perdonó a quienes lo crucificaron: “Padre, perdónalos” -e incluso los excusó-, “porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 34). Como sus seguidores, intentamos hacer lo mismo. San Agustín, dirigiéndose a Dios, dice: “Yo sé que Tú has perdonado mis pecados del pasado, y les has cubierto con un tapiz y así darme felicidad en Ti mismo y transformar mi vida por la fe y el bautismo” (Confesiones, X, 3). Santa Teresa de Ávila nos dice que Dios perdona y olvida nuestros pecados, y que Él no recuerda nuestra ingratitud (Libro de la vida, XIX, 4 7, 14).  Alguien puede preguntar: ¿Cómo puedo olvidar?  ¡Tengo una buena memoria!  En lugar de olvidar, podemos poner recordar de otra manera: recordar la ofensa del otro como perdonada. Me gusta decir que la ofensa perdonada del vecino es como una herida curada: todavía hay una pequeña cicatriz de la herida, pero ya no duele.

(3) Hay otros que perdonan a quienes les ofenden, si piden perdón. Pregunta: ¿Perdonamos a quienes nos ofenden si nos dicen que lo sienten?  Respuesta: no. Dios nos perdona siempre si estamos arrepentidos; pero, nosotros no somos Dios. Por esto, cada noche en la Oración de Noche pedimos a Dios que nos perdone las ofensas del día, y nosotros -con su gracia- perdonamos a quienes nos han faltado, incluyendo a aquellos que no nos han pedido perdón. A mí me gusta pedirle al buen Dios al final del día que me perdone y me ayude a perdonar a otros y a perdonarme a mí mismo.

 (4) Hay algunas personas que no se perdonan a sí mismas: “No puedo perdonarme a mí mismo”. Todos nosotros -pecadores- hemos cometido errores, faltas, pecados, quizás en nuestra juventud -o más tarde. Por tanto, podemos echarnos la culpa: ¿Cómo pude hacer eso?  A su debido tiempo, reconocimos nuestros pecados, los confesamos, y Dios nos perdonó. Se nos sugiere, que olvidemos completamente nuestros pecados. San Francisco de Sales nos dice que María Magdalena una vez que fue perdonada por Jesús, nunca volvió a mirar a su pasado. Otros nos sugieren que recordemos nuestros pecados para arrepentirnos más profundamente. (Recordarlos puede volver a embarrarnos). Personalmente, trato de centrarme en el presente caminando hacia el futuro -frecuentemente cojeando- con pasos de amor fiel y esperanzado. Mi pasado está en las manos misericordiosas de Dios que ha olvidado mis pecados.

 Nota final sobre el Padrenuestro. Santa Teresa nos aconseja: “nos conviene para rezar bien el Paternóster no se apartar de cabe el Maestro que nos lo mostró… Espántame ver que en tan pocas palabras está toda la contemplación y perfección encerrada, que parece no hemos menester otro libro sino estudiar en este [el Paternóster]” (Camino de Perfección, 24, 5 y 37, 1). La Santa de Ávila nos sugiere que recemos el Padrenuestro sin prisa -como si quisiéramos terminar lo antes posible y repetirlo.

Rezar bien la oración que Jesús nos enseño requiere atención y devoción. Como una buena oración vocal, que es también oración mental, el Paternoster implica saber quién está orando, a quien está rezando y qué está diciendo. ¿Quién lo reza? Un pecador -como todos los demás. ¿A quién está hablando?  A Dios, nuestro Padre. ¿Qué dice o pide? Diferentes peticiones.

Amado Padre celestial, ayúdanos a pedir perdón y a perdonarnos mutuamente y a nosotros mismos; y a rezar con Jesús el Padrenuestro.  ¡Que tu nombre omnipotente y misericordioso sea por siempre alabado!  (FGB)

Holy Rosary Province Espiritualidad 29 Diciembre 2024
  1. SENTIDO DEL AÑO DE JUBILEO 2025
  2. SANTA TERESA DE ÁVILA, MAESTRA DE ORACIÓN
  3. NO A LA GUERRA, ¿SIEMPRE?
  4. UN ESTILO DE VIDA SENCILLO

Página 1 de 9

  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
© 2026 Holy Rosary Province. All Rights Reserved.
Our Lady of the Rosary Province of the Order of Preachers
  • Inicio
    • Historia
    • Curia Provincial
      • Noviciado
      • Estudiantado
    • Vicariatos y Misiones
      • Misión en Taiwán
      • Misión en Corea del Sur
      • Misión en Singapur
      • Misión en Timor Leste
      • Misión en Myanmar
      • Vicariato de Filipinas
      • Vicariato de Japón
      • Vicariato de Venezuela
      • Vicariato de España
  • Oficiales de Provincia
  • Santos Dominicos
    • Santo Domingo de Guzmán
  • Vocación
    • Vida Religiosa
    • Formación