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Reflexión sobre la Ascensión del Señor

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Hoy celebramos la solemnidad de la Ascensión del Señor.  Esta solemnidad debemos enmarcarla en la celebración del Misterio Pascual de Cristo, que comenzamos a celebrar la tarde del Jueves Santo, con la celebración de la Misa de la cena del Señor.  A lo largo de estos días pascuales, hemos venido proclamando y celebrando a Jesús, vivo y resucitado en medio de nosotros, que somos su Iglesia. 

La celebración de la Pascua ha tenido para nosotros este año una connotación especial, que estamos en medio de una humanidad azotada por una peste que siembra muerte, soledad y abandono.  En este contexto de muerte, la esperanza de la fe nos lleva a proclamar alto y fuerte: ¡Cristo ha resucitado!  Y hoy lo proclamamos y celebramos como Señor y Juez de la historia, de esta historia marcada por el dolor, el sufrimiento, la necesidad, la ausencia y la muerte.  Pero una historia que, asumida y vivida desde la fe, nos permite proclamar que la muerte no tiene la última palabra sobre nosotros, porque nos apoyamos en el Crucificado Resucitado y Exaltado.

Galileos, ¿qué hacen ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que los ha dejado para subir al cielo volverá como lo han  visto marcharse.  Es lo que escuchamos en el relato de la primera lectura, del libro de los Hechos de los apóstoles.  Esta ha sido –y sigue siendo aún- la gran tentación de la Iglesia: quedarse mirando al cielo, desentendiéndose de este mundo, que para nosotros es lugar de salvación y de misericordia. 

La pregunta de Lucas contiene una promesa: volverá como lo han  visto marcharse.  El cumplimiento de esta promesa se realizó en el prodigio de Pentecostés y se sigue realizando en medio de nosotros, por la presencia del Espíritu Santo.  El Espíritu Santo es el que hace posible esta nueva presencia de Jesús en medio de nosotros, a través de la proclamación de su Palabra y la celebración de los sacramentos de la fe, especialmente la Eucaristía.  En este sentido, bellamente nos dice San León Magno, en segundo Sermón sobre la ascensión del Señor, que la visión ha sido sustituida por la instrucción, de modo que, en adelante, nuestros corazones, iluminados por la luz celestial, deben apoyarse en esta instrucción.

La ascensión del Señor supone para nosotros su ausencia física y la exigencia de asumir su nueva presencia, pero también supone asumir nuestro destino último y más definitivo.  En el prefacio de la misa de hoy cantaremos: No se ha ido para desentenderse de este mundo, sino que ha querido precedernos como cabeza nuestra para que nosotros, miembros de su Cuerpo, vivamos con la ardiente esperanza de seguirlo en su reino.  Comprometidos con esta historia y con este mundo, lugar de salvación, los cristianos no perdemos de vista que nuestro destino definitivo es la plenitud de la comunión con el Señor por el amor en la eternidad.

Así, pues, hermanos, descubrir la nueva presencia de Jesús en medio de nosotros, su presencia sacramental en la Eucaristía, pero también en todos y en cada uno de los acontecimientos que vivimos en la cotidianidad de nuestra existencia, debe ser una exigencia continua en nuestra vida de fe.  La liturgia nos dice que Cristo sigue presente en nosotros, pero sin la fe es imposible que descubramos esta presencia.  Esta historia que vivimos es historia de salvación si la asumimos desde una actitud de fe profunda y de compromiso responsable.   

El compromiso de la fe nos exige al mismo tiempo el compromiso evangelizador con el mundo.  El relato del Evangelio de hoy culmina diciendo que ellos, después de postrarse ante él, regresaron a Jerusalén con gran alegría. Y estaban continuamente en el templo bendiciendo a Dios.  Un compromiso con el mundo, que no significa aliarse o dejarse atrapar por él, sino que supone la de vivir siempre de cara a Dios, bendiciéndolo y siendo signos de su amor en medio de la historia.

Finalmente, la ascensión del Señor nos invita asumir la provisionalidad de todo lo que existe.  Nada en esta historia tiene un carácter definitivo y eterno.  Por eso los cristianos siempre vamos de camino por este mundo, como peregrinos, invitados siempre a mantener los ojos fijos en quien inicia y completa nuestra fe, como nos dice la Carta a los hebreos, en busca de la ciudad futura, la Jerusalén del cielo.  La vida eterna comenzamos a vivirla aquí y ahora.  No podemos desentendernos de la historia, pero sin perder la conciencia de su condición provisional. 

Por Fr. Ángel Villasmil, OP.

(texto original)