DOMINGO DE RAMOS

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Para mucha gente el culmen de la vida es reconocer lo que han hecho. Haber sido un buen padre-madre, hermano…..y ser reconocido no cuando se muere sino cuando aún está vivo. Hay mucha gente que ha sido reconocida y sigue siendo reconocida. La historia les sigue recordando. Hay personas que son recordadas por el bien que hicieron y otras por el mal que hicieron.

ʺHosanna , bendito el que viene en nombre del Señor. Bendito el reino que llega, el de nuestro padre David. !Hosanna en las alturas! ʺ (Jn.12,13)

En nuestro caso este Domingo de Ramos recordamos cómo la gente reconoció a Jesús como alguien que había hecho mucho bien. Se lo reconocieron en vida. Había estado siempre al lado del pueblo, de los pequeños, de los últimos, de los abandonados por la sociedad. Ese era el pueblo llano y sencillo con el que Jesús siempre convivio y el que siempre llevaba en su corazón. El pueblo sencillo con una mirada limpia, sin intereses personales reconoció a Jesús como el Mesías enviado por Dios, al Dios hecho carne caminando con su pueblo como el buen pastor, el hombre que lloraba y reía con la gente cuando había que reír o cuando había que llorar. El hombre que descansaba, que buscaba su tiempo para estar a solas con el Padre y el hombre que salía corriendo cuando alguien le necesitaba. El hombre fiel a su pueblo, fiel a la verdad, fiel a su misión. El hombre que no se cansaba de caminar, de llevar la buena noticia a todos los hogares y rincones de las aldeas. Un hombre centrado en humanizar a los hombres con su cercanía, con su palabra, con su estar. Jesús, el hombre sencillo que siempre pensaba en los demás y que lo último que buscaba era su propio bien. El hombre que no solo miraba por los de su pueblo sino que tenía un corazón abierto a todos, judíos y paganos, hombres y mujeres, ricos y pobres, buenos y pecadores, grandes y pequeños. La mayoría del pueblo sencillo que no tenía intereses particulares sino una mirada sencilla y clara le reconoció como al que siempre estaba de su parte y por eso le aclamaron en su entrada en Jerusalén. Jesús había colmado muchas de sus esperanzas, había curado sus enfermedades, había perdonado sus pecados, les había devuelto su dignidad tocándoles, entrando en sus casas y comiendo con ellos. ¡Cómo no le iban a aclamar como rey, como al Mesías esperado durante tanto tiempo!.

ʺ¿Veis como no habéis conseguido nada?. Todo el mundo se ha ido tras El. ʺ (Jn.12,19)

Pero había otros detrás deseando y preparando su muerte. Eran los poderosos, los que tenían sus propios intereses y no podían permitir que un pobre judíos de Belén, hijo de María y José, cambiara las cosas. Para ellos las cosas estaban bien porque a ellos les iba bien. Además no era lo que ellos precisamente esperaban del Mesías, del Hijo de Dios. Jesús no había cambiado nada, no había echado a los judíos de Israel, que era lo que ellos esperaban para hacerse con el control total. Se había enfrentado a algunas de sus tradiciones más sagradas como el sábado, entrar en casa de pecadores públicos y comer con ellos, perdonar pecados. Un escándalo para ellos tan cerrados en sus tradiciones y que se creían tan buenos.

Esto no podía acabar bien. Por una parte el pueblo sencillo a favor de Jesús y por otra las autoridades en contra. Jesús había puesto al descubierto la realidad de las personas, la incongruencia de los poderosos y el hambre de verdad de los pequeños. Pero por desgracia como casi siempre quien triunfa no es el pueblo sencillo, sino los grandes. Ellos saben cómo confundir a los pequeños, como utilizarles, como poner en sus labios ¨crucifícalo¨.

Jesús no había buscado nada, ni poder ni reconocimiento ni nada. No buscaba ni el poder ni tampoco la muerte. No iba contra nadie, solo estaba a favor del hombre. Esa era toda su preocupación. No tenía ningún interés personal y por eso era tan libre para hablar y para hacer cosas. Solo le interesaba el hombre, su dignidad como persona y como hijo de Dios. Este era todo su afán. ¡Ni ser rey, ni ser aclamado, ni ser reconocido, ni ser servido, ni ser admirado, ni ser alabado!. Ser el rostro de lo que se espera del hombre y de lo que significa realmente ser hombre. Lo hacía por propia convicción personal y por ser autentico a su forma de pensar. A su vez también era el reflejo del Padre. Un Padre divino pero que era muy humano, tanto como divino. En Jesús esto no se podía ni separar, tan humano como divino y tan divino como humano. Por eso era también la cara de lo divino como reflejo del Padre, y también como reflejo del hombre de verdad en el que tampoco se puede separar su parte divina de su parte humana.

Nosotros hoy también aclamamos a Jesús con nuestros labios, llevamos nuestros ramos para recibirle con alegría como en aquel tiempo la gente sencilla. También nosotros hemos visto a Jesús actuando en nuestras vidas, no ha tocado el corazón, nos ha devuelto la vista, nos ha hecho caminar de nuevo, nos ha perdonado, hemos escuchado su palabra de aliento de vida, nos ha dado su espíritu para abrir nuestro corazón de piedra, nos ha invitado a comer, nos ha dado su cuerpo. Cuantas experiencias personales de su amor, de su misericordia, de su gracia.

Algo que está en el fondo de nuestro corazón y que no podemos borrar. Nuestro tesoro más precioso. Pero también estamos ahí, dispuestos a vendernos por nuestros intereses personales, a que caiga quien caiga salvarnos a nosotros mismos y a los nuestros. Somos como los poderosos y no queremos que nadie nos toque ni un ápice de lo que tenemos o somos. Hay gente que mueve las cosas para que todo continúe igual y no se mueva nada. Ellos saben cómo hacer que nuestros deseos de bien, de fidelidad a Jesús y a su mensaje, se difuminen y acabar con nuestros buenos y auténticos deseos.

Entremos en Jerusalén con Jesús, con nuestros hermanos y hermanas con alegría y aclamando: ¨Bendito el que viene en nombre del Señor, Hosanna en el Cielo!. ¨Desterremos de nosotros nuestros propios intereses y reconozcamos de corazón que el Señor es grande y ha hecho maravillas, su nombre es Santo y su misericordia se extiende de generación en generación.

Fr.Ruben Martinez OP

Fr. Rubén Martínez op