IV DOMINGO DE CUARESMA

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En nuestro camino hacia la Pascua del Señor, en el que queremos prepararnos con un corazón que le busque con sinceridad, redoblando nuestra atención a su Palabra y a su proyecto de vida sobre cada uno de nosotros y sobre toda la gran familia humana, la Palabra que nos ofrece este cuarto domingo de cuaresma es un hermoso compendio de toda la historia de la salvación.

El segundo libro de las Crónicas se hace eco de la historia de infidelidades vividas por el pueblo de Israel; y del empeño de Yahvé, a través de la predicación de sus mensajeros, los profetas, por reconducirlos de nuevo por las sendas de la alianza pactada con sus padres. El autor del libro conoce muy bien cuál es la clave de la actuación de Dios: “la compasión que sentía por su pueblo”.

Esta compasión de Dios por su pueblo, y por toda la humanidad, es el esperanzador hilo conductor de las tres lecturas que recoge la liturgia eucarística de este domingo. San Pablo se lo expresa diáfanamente a la comunidad cristiana de Éfeso: estamos salvados, perdonados, llamados a una vida sin fin, no por nuestros méritos o esfuerzos, sino en Cristo y por Cristo. Y añade un compromiso que me parece particularmente interesante para nosotros hoy: “para que nos dediquemos a las buenas obras que Él mismo nos ha mostrado”.

El diálogo de Jesús con Nicodemo conduce a la cima de este insondable misterio de amor que es la obra redentora hacia la que nos encaminamos en este itinerario hacia la Pascua: “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que no perezca ninguno de los que creen en Él, sino que tengan vida eterna”. 

Pienso que esta abundante expresión del amor de Dios por la humanidad que hoy se nos ofrece nos llama, al menos, a estas dos grandes realidades: contemplar y actuar.

Cuando comenzábamos este año el camino cuaresmal con la celebración de la imposición de la ceniza, el Papa Francisco nos invitaba a detenernos. Es necesaria esta parada. Demasiadas prisas, demasiados reclamos y ansiedades, demasiado ruido y algarabía, nos envuelven y asfixian. Tan excesivamente preocupados por las realidades inmediatas y materiales se han atrofiado en no pocos de nosotros las conexiones transcendentes. La dimensión espiritual del ser humano languidece o, lo que es peor, desaparece de muchos de nuestros contemporáneos.

Pararnos para escuchar. Para escuchar los latidos del misterio. Para escuchar y deleitarnos en la Palabra de Vida que se nos ofrece. Pararnos para caer en la cuenta de que estamos envueltos y habitados por un Misterio de Amor que nos explica, que es origen y meta de nuestro peregrinar por este mundo.

La contemplación atenta y continuada del Amor del Padre, que se nos ha manifestado en la historia de su Hijo entre nosotros, nos conducirá a vivir un verdadero compromiso de amor.

De ese amor que no es egoísta, que no lleva cuentas del mal, que no juzga. Que cree, espera y sirve sin límites. Que se inicia y se renueva cada día.

Y que lleva de la mano la alegría de quien antes de amar se sabe amado, y entonces se convierte en vida y en luz; y humilde y perseverante reviste el mundo, y a cuantos en él habitan de los designios de Dios, designios de paz y no de aflicción, designios de conducirnos a un porvenir de esperanza (cf Jer 29, 11).

FR. CESAR VALEROOP

Fr. César Valero Bajo, OP